Guidaí en la Tierra sin Tiempo en Durazno

Guidaí sigue recorriendo ciudades, caminando nuestro terruño. Hoy estuvo en la ciudad de Durazno, representada por los liceales de esa ciudad en el local de AEBU.

Guidaí y Julia,  Néstor el antropólogo, Rosalba y su botiquín, Nahuel, el viejo de los perros, todos para recordarnos la importancia de la literatura infantil y juvenil.

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En el colegio New Castle de la cuidad de Las Piedras

Hoy estuve en el colegio New Castel de la ciudad de Las Piedras. Nos había invitado Valeria, la profesora de idioma español. Desde temprano, caminé hasta el Palacio Legislativo, me tomé el ómnibus, avanzamos sobre el corredor Garzón sin ningún problema y cuando llegamos a La Paz empecé a preguntar. Que me bajara en el mástil, me dijeron. Y fue así, a media cuadra estaba el colegio. Prolijo, colorido y amable. Me esperaba un salón lleno de camperas rojas y sonrisas expectantes. Un placer conversar sobre novelas y razones. Qué es el sentido y qué el significado de las cosas y de las no-cosas. Las que están dentro de las novelas.

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Liceo Nro.55: raro es el que no lee

Estuvimos en la biblioteca del Liceo Nro.55 para conversar de Guidaí en un duelo a muerte, mi última novela. Me llevé una grata sorpresa. Ahí raro es el que no lee. Me fui de ahí pensando ¡qué responsabilidad la nuestra! Crear un mundo para ellos y con ellos. En el que su edad no sea una variable de cálculo para las próximas elecciones. En el que no sean sospechosos de nada. En el que simplemente puedan construir el tiempo que les toque vivir. Y lo nuestro sea, y es, garantizar su derecho a ser felices.

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En “Tu biblioteca”, con Edelweiss y los alumnos de 3er año de la Escuela Simón Bolivar

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Hoy estuvimos con los alumnos de 3er año de la Escuela Simón Bolivar de Shangrilá. Pero el encuentro no fue en la escuela sino en Tu Biblioteca, ubicada en la Calle Venezuela a dos cuadras de Avda. Giannattasio, a la altura del KM.18.700.

Para muchos de nosotros siempre fue la biblioteca de Edelweiss, una de las compañeras pilares en impulsar el proyecto que nació en el Comité de Base del Frente Amplio de Shangrilá en 1998. De lejos, seguimos el proceso de su construcción porque Edelweiss, es Edelweiss Zahn, una compañera que conocimos como un nombre más en una lista de desaparecidos que llevábamos a los organismos internacionales para que nos ayudaran a encontrarlos. Luego de que los “blanquearan”, haciéndolos aparecer en las cárceles uruguayas junto a otros detenidos de la prisión clandestina Automotoras Orletti en Buenos Aires, siguió estando en esa lista, y nosotros pedíamos que los liberaran junto a los demás presos políticos.

Con el retorno a la democracia, Edelweiss se fue haciendo un lugarcito en la Ciudad de la Costa. Para mí, tuvo rostro mucho después, pero por suerte para los canarios, la biblioteca fue creciendo y en el 2006 lo tomó la Comisión Pro Fomento de Shangrilá. En esa época la visitamos, era un local rústico, casi un galpón que con el esfuerzo sostenido de varias compañeras estaba tomando cuerpo de verdadera biblioteca. Con ayudas de todas partes este 16 de marzo inauguraron el nuevo edificio, al lado del anterior, pero más lindo.

Hoy con nosotros estuvieron también Cyntia, Anahí, y los niños de tercero con su maestra, en un espacio confortable, amigable, desinteresado. Porque aunque hablamos de libros, lo que se respira allí es algo más lindo aún: la capacidad de crear comunidad.

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Mes del libro en la escuela Nro.195 de Pando

Hoy tuvimos la alegría de compartir la mañana con los alumnos de la Escuela Nro.195 de Pando. Hablamos de cuentos, hicimos cuentos y dijimos “no me vengan con cuentos”. Cuando les pregunté cómo les gustaría que fuera su escuela, una de las niñas de las fotografías contestó: que no hubiera peleas.

Luego de retirarme supe que allí había trabajado Elena Quinteros, la maestra secuestrada desde la embajada de Venezuela en 1976.

Los caminos son caminos y se cruzan.

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Enero de novela 2013

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Los juegos del hambre de Suzanne Collins es una trilogía publicada inicialmente en Estados Unidos por la editorial Scholastic. Se puede leer en ebooks y así lo hice yo, o en papel. Para los que les gusta la literatura de ciencia ficción y  aventura vale la pena leerla. Personajes complejos, falibles, con los que nunca terminamos de identificarnos se deslizan en una atmósfera futuresca y terrible donde conviven lo mejor y lo peor del ser humano. Un país  Panem, que sobrevive a una guerra con reglas de juego de horror enfrenta la rebelión de cada uno de sus distritos. La fuerza de la publicidad y la imagen son piezas claves de la trama. Las estrategias elaboradas para el plano simbólico de las comunicaciones son continuas y forman parte de las tácticas tanto de la guerra de opresión como de la revolución  En mi opinión  altamente recomendable para leer antes de que termine enero.

Después de unas nanas bravas

En oportunidad del Día del Patrimonio, el Centro Cultural Terminal Goes organizó una charla sobre el lenguaje de los uruguayos.  Participamos junto a los escritores Ignacio Martínez y Alejandro Michelena. Después, por unas nanas graves, no pude subir mi ponencia a este blog. Ahora, ya bastante recuperada, aprovecho a compartirla.

Las relaciones de poder en el lenguaje

Siempre se dice que la historia la cuentan los vencedores. Yo quisiera agregar que el lenguaje también lo manejan los vencedores. Y lo que no resulta de su voluntad expresa pasa por los mecanismos que hacen que una cultura sea o no hegemónica.

Por ejemplo siempre se ha hablado del exterminio de los charrúas. Porque efectivamente hubo un genocidio en Salsipuedes y efectivamente existió la voluntad de desaparecerlos. Sin embargo, incluso las miradas progresistas sobre nuestro pasado, omiten el hecho de que el genocidio fue de hombres adultos. La posición central del género masculino naturaliza la invisibilidad de las mujeres que fueron separadas de sus hijos para que no pudieran enseñarles su cultura y ubicadas como servidumbre en las casas de los criollos, y los hijos e hijas de los charrúas que fueron criados por otros criollos también. O sea, por un lado la decisión política de exterminio, por otro lado, la construcción cultural hegemónica que condenaba, no sólo a los charrúas, sino a todos las mujeres y niños a ser un no-ser. Probablemente sea lo que les salvó la vida, pero silenció su voz. Les impidió contar su historia.

Una recopilación tardía de un glosario de setenta palabras, recogidas por Serafín Cordero en su libro Los Charrúas, recuperó algunas de esas palabras:

Is (cabeza), ijou (ojo), imán (oreja), guar (mano), atit (pie), hué (agua), it (fuego), guidai (luna), tinú (cuchillo), berá (avestruz), si si (tabaco), babulai (baleado), basquiadé (levantarse). No nos dicen nada. No tienen significado para nosotros aunque hayan sido una lengua nativa. Negados y aislados están entre nosotros. Sus genes se empeñan en visibilizarlos, resilientes, pelean. Aparecen en cabellos que no encanecen, lacios, oscuros. En pómulos altos, en ojos negros, en miradas penetrantes.  Sus rasgos gritan su ausencia y su presencia tal como lo han hecho, mucho después, las fotos de los desaparecidos.

Son por eso un ejemplo de cómo desde el lenguaje se construye un discurso hegemónico. Se construye de lo que se dice y también de lo que no se dice. Lo que se condena, al decir de Gayatri Spivak, a ser “un espacio en blanco entre las palabras”.  Nuestros indios fueron los primeros “otros” de nuestra cultura. Una cultura que miraba hacia Europa, y hacía de lo nativo la otredad, la chuzma, los salvajes. Como subalternos fueron privados de una posición discursiva desde la que pudieran hablar, responder, ser escuchados. Se decidió que no existían. Máxima expresión de autoritarismo. Decretar la no existencia de alguien.

Le asignamos la centralidad a Europa y Norteamérica. Queríamos ser como ellos y ellos eran la gente como nosotros, al decir de Marcelo Viñar, la gente como uno. Esa definición deja afuera a todo el que no es como uno. Si ellos eran el centro, consecuentemente nos autodefinimos periferia. Ellos eran A y nosotros B. Hoy todavía estamos peleando para deconstruir las centralidades forjadas en nuestro imaginario década tras década, minuto a minuto, segundo a segundo. Los economistas tratan de aggiornarnos hablándonos de la economía china aunque no logran penetrar en nuestro imaginario.

Pero hay otras centralidades y otras otredades a deconstruir. El hombre es el centro pero además, es blanco. La negritud se asocia a lo malo. Decimos, las estoy pasando negras, me las veo negras. También usamos la palabra negro para referirnos a alguien pobre. Otredad doble: ser negro y ser pobre. Trabajar como negro chico, decimos. Hacer cosa de negro. Negro de mierda. Negro puto. Otra otredad doble, de género y de raza. Parece un verdadero triunfo cultural de Hitler. El racismo nos sale por los poros y ni siquiera somos conscientes. Si fuera por nuestro lenguaje un extraterrestre podría pensar que todos somos arios, heterosexuales, adultos jóvenes y hombres. Porque los viejos y los niños también tienen su cuota de discriminación.

Otredad de género. Si una mujer habla con vehemencia, se dice que es una histérica. Si un hombre habla con vehemencia se dice que tiene carácter. Si una mujer golpea la mesa, está como loca, si un hombre golpea la mesa, es un líder nato. Si un hombre tiene muchas mujeres es un ganador, si una mujer tiene muchos hombres es una puta, una cualquiera, una sucia. Y la lista puede seguir. La marca cultural es muy fuerte y ancestral. Ya en 1771, la Real Academia Española señalaba que: “Es conforme al orden natural decir las cosas con aquella antelación que tienen por naturaleza o mayor dignidad… Si hay necesidad de nombrar dos, o más personas a un tiempo, es natural nombrar antes al varón que á la hembra, como: el padre y la madre: el marido y la mujer: el hijo y la hija”. ¿No decimos todavía el hombre y la mujer? Y qué raro suena decir la mujer y el hombre.

El lenguaje de los uruguayos también fue afectado por la dictadura. Trasládese para destino final era un eufemismo de asesínese y desaparézcase, y realizar apremios físicos para tortúrese, viólese, véjese hasta obtener información. Proceso decían en lugar de dictadura. Defensa de la República por ocupación con las armas del Parlamento. Corresponde anotar también que la resistencia se colaba en la oralidad popular: “al botón de la botonera, chin, pun, fuera” cantaba la gente.

Sin embargo el miedo fue cambiando nuestra forma de hablar, tanto que las palabras democracia, justicia, desaparecidos, militares producían una cierta incomodidad del escucha o del lector y la presencia física de quiénes osaban enunciarlas sufría la estigmatización y el aislamiento. Y eso fue así hasta comenzado el Siglo XXI. Fueron necesarios años de nombrar a las cosas por su nombre y un cambio en las políticas de gobierno para que el lenguaje de los uruguayos reincorporara vocablos segregados al desuso.

Los políticos como gente no igual a uno fue también una construcción del autoritarismo. Algunas de las frases hechas son: “Todos los políticos son iguales.” O “Después que se acomodan…”. O “El poder corrompe”. Convencernos de que hay una adentro y un afuera de la política fue un logro de la doctrina de seguridad nacional y de todos los interesados en desmotivar a la ciudadanía de ser protagonista de su historia.

Por eso, si tuviera que decir cuál es el rol de los artistas y en particular los que trabajamos con la palabra en esta objetivación de relaciones de poder diría que es el de mostrar al otro o a los diferentes, no como límites sino como una amplia gama de posibilidades, sensibilidades y experiencias. Mostrar las riquezas existentes en la diversidad de seres, de ideas y de conductas. Y hacerla palabras. Y en lo posible poiesis.

La ilusión perfecta o la intratable realidad

En Las Ciudades Invisibles, Italo Calvino finaliza el diálogo entre los únicos dos personajes, Kublai Kan y Marco Polo con una pregunta del primero sobre si podría surgir el infierno en alguna ciudad de su imperio. Marco Polo le contesta que “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Si  tuviéramos que definir la función de un medio de comunicación nos quedaríamos sin duda, con la segunda opción: prestar atención y aprender en forma continua; buscar y saber quién y qué no es infierno; hacer que dure y dejarle espacio.

La pregunta es: ¿la fotografía ayuda a identificar qué es y qué no es infierno entre nosotros? Sin duda que sí. Sin embargo existe a veces, una defensa paranoide de lo escrito en desmedro de lo audiovisual y de los tiempos por venir. Más de una vez oímos la preocupación sobre qué hacer con la palabra escrita en tiempos de internet, de la cultura audiovisual y de la interactividad que ofrece la cibernética.  La inquietud viene ligada al futuro de los periódicos y los libros en formato papel como si fueran el recodo obligado de la educación, de la cultura y de la verdadera comunicación. Quizá sea tiempo de asumir que aquello de negro sobre blanco o la palabra sobre papel es sólo una forma de discurso y que la elaboración de textos admite diferentes dimensiones y soportes. Al mismo tiempo adherimos a la idea de que un texto es más rico cuánto más interpretaciones o significados admite y de esta forma también podemos evaluar una fotografía, de hecho la leemos, como se lee un enunciado y como una más de las dimensiones en las que la comunicación de los seres humanos es posible. También a ella la consideramos mejor cuántas más significaciones admite.

Leer  imágenes

Habría que diferenciar por cierto la imagen quieta, la fotografía, de la imagen en movimiento, el cine o el video. La fotografía ofrece una constatación/representación de la realidad, pero sólo la de un momento que unos instantes después variará aunque por ser fotografía existió como mensaje. La expresión de desesperación de una niña quemada por napalm luego de ser bombardeada su aldea, la flexión de un estudiante golpeado durante una manifestación, son fotografías que hablan, narran hechos, nos interpelan. Algunas se han convertido en íconos como la fotografía tomada por el fotógrafo cubano Alberto Díaz (Korda) del Che Guevara con su boina y la vista hacia lo lejos quizá hacia un futuro a la izquierda del que mira. Otras, como la de la niña de Vietnam tomada por Huyng Cong, recorrieron los medios de prensa mostrando los horrores de la guerra y contribuyeron a la construcción de los movimientos de oposición a la invasión de Vietnam. Las de los familiares con la foto de sus desaparecidos, denunciando su presencia y su ausencia, forman ya parte del acerbo cultural latinoamericano y se convirtieron en símbolo de la resistencia a las dictaduras del cono sur. Y hay otras. Allende flanqueado por Pinochet cuando era comandante en jefe del ejército chileno durante el gobierno de la Unidad Popular es casi una voz de alerta contra cualquier intento de ingenuidad de los gobiernos progresistas, o las de la invasión de Checoeslovaquia por parte de las tropas del Pacto de Varsovia tomadas por Josef Koudelka y publicadas en forma anónima por la Agencia Magnum, son otra alerta ante las concepciones estalinistas de acumulación del poder. Las del holocausto nos dicen a qué niveles de violencia pueden llegar seres humanos cultos y bien estructurados cuando una ideología los fanatiza. Las imágenes hablan, cuentan, recuerdan, construyen verdad y memoria. Como han hablado también de nuestro pasado reciente. Por ejemplo, las fotografías de Aurelio González recopiladas en Yo fui testigo, cuentan una de las fases más épicas de nuestra historia, las resistencias callejeras en el Montevideo de los 70.

Alguien estuvo allí

La elocuencia de la fotografía varía, como varía la elocuencia de los ensayos o de los artículos periodísticos. La fotografía connota, habla de, y puede hacerlo muy bien o no, al igual que cualquier discurso. ¿Cuándo es elocuente? Roland Barthes en su libro La cámara lúcida señala dos de sus componentes. Uno, lo que él llama el studium, consiste en la armonía general de la imagen, lo que hace que digamos, me gusta o no me gusta, pero este aspecto no sobrepasa al acontecimiento fotografiado, es lo que la fotografía puede reproducir hasta el infinito pero ha sucedido una sóla vez. De alguna manera remite a esa necesidad del niño de que las cosas vuelvan, el ta no ta, que da seguridad el bebé. Esa ficción que construye nuestra mente desde los primeros juegos infantiles. El papá se esconde pero reaparece. El niño entiende que así sucederá siempre. Construye nuestra frágil idea de equilibrio, tan frágil y tan falaz como la de que estamos de pie en el universo aunque la tierra gira, rota y se mueve constantemente. Pero hay algo más, Barthes habla de un punctum, algo que existe en la fotografía y que “arrastra al espectador fuera de su marco”, nos lleva al “punto ciego”, nos hace ver más allá de la figura, desarrollar nuestra intuición o nuestra imaginación. Para ejemplificarlo más, Barthes ubica allí la diferencia entre la fotografía pornográfica, que muestra todo, y la erótica, que sugiere más que lo que muestra. Ese sutil “más allá del campo” hace la diferencia entre las fotografías, lo que permite que nos movamos aunque no veamos el instante siguiente. Quizá por eso, a veces, entre muchas de esas imágenes subidas por los adolescentes a raudales a internet, encontramos algo que nos invita a pensar, que nos induce a pensar y no siempre lo encontramos entre los mejores fotógrafos porque como dice Barthes, “la videncia del fotógrafo no consiste en “ver” sino en encontrarse allí”. Y precisamente ese punctum que punza al que mira existe más cuando no ha sido buscado. Dicen muy poco a mis ojos por ejemplo las fotografías de Diane Arbus, empeñada en encontrar ese punctum aunque deje en ridículo al sujeto fotografiado, me hablan sí, con gran elocuencia los claroscuros de Sebastián Salgado que invitan a cada receptor a encontrar el punto que lo sacuda, que lo invite a salir del marco, que le contagie el deseo de volar mentalmente a ese mundo que nos muestra. Y allí llegamos a lo que en literatura se llama teoría de la recepción, quién escribe, quién lee y/o quién reescribe un discurso. Solemos decir que el lector, lejos de ser un receptáculo de frases y de intenciones, es un reescritor del texto según sus experiencias anteriores, sus capacidades, su sensibilidad y el tiempo en que vive. Creo que la imagen también es redirigida por quien mira y es en ese espacio donde el proceso se vuelve más rico e infinitamente resignificante, si la obra lo amerita. Pero lo que hace diferente a la fotografía de otras representaciones es el referente, ese existió. La imagen de Pinochet puede ser la de un fascista para unos, la de un traidor para otros o la de un héroe de la patria para Sebastián Piñera, por ejemplo, pero estuvo allí, delante de la cámara de fotos y marcó en sales de plata o en pixeles su presencia.

La ética siempre la ética

Sin embargo, volviendo al inicio de este artículo, y al propósito que le atribuimos a la fotografía documental, “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, este implica un pacto ético entre el editor de una publicación y el lector. El lector tiene derecho a saber si está lidiando con hechos de la realidad o con la fantasía o la manipulación de los medios de prensa. Sólo así puede resignificar, salirse del marco, adivinar lo que sucede fuera del encuadre. Si estamos ante una fotografía artística, de ahora y de siempre, los montajes de todo tipo son lícitos y es más, muy bienvenidos. Ahora, si estamos tratando con información, debe haber marcas o pie de fotos que le indiquen al receptor cuáles son los supuestos con los que se realizó esa representación, la ética en fotografía documental es respetar al que mira, de la misma forma en que se diferencia una columna de opinión de una crónica informativa. Algo importante porque como dicen, una imagen puede decir más que mil palabras.

*Publicado en Cuadernos de Compañero Nro.9

Björnen sover (Canción infantil escandinava)

Bjørnen sover,
bjørnen sover,
i sin lune bo
Han er ikke farlig,
når man blot er varlig!
Men man kan dog,
men man kan dog,
aldrig på ham tro!