Entrevista a Adriana Cabrera Esteve (via Artica – Centro Cultural 2.0)

Entrevista a Adriana Cabrera Esteve Detalle de tapa de “Guidaí en la tierra sin tiempo”, editorial Alfaguara En esta nueva entrevista conversamos con Adriana Cabrera Esteve, escritora uruguaya. Nació en Montevideo, en 1955. Ha sido periodista y es militante en Derechos Humanos. Ha publicado diversos libros de literatura infantil y juvenil, entre ellos Crimen en el Puente Mauá, El fantasma del cuaderno negro y la saga de la heroína Guidaí, ganando diversos premios por ello … Read More

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Un libro, un abrazo

En noviembre de 2010, en un esfuerzo colectivo entre la Biblioteca Nacional, las Intendencias de Montevideo, Canelones y Maldonado, la Editorial Banda Oriental, seis organizaciones sociales y los que escribimos los cuentos, se presentó  “Un libro, un abrazo” de literatura juvenil: Que no los lean mis padres. Fue un placer trabajar con Magdalena, Gabriela y Sebastián y con Andrés Chavarría que desde la Biblioteca Nacional realizó la coordinación. “Un libro, un abrazo” antes se llamó “Un libro, un boleto”. Se trata de un proyecto laboral para jóvenes en situación de vulnerabilidad o con discapacidades, que venden títulos de autores nacionales a 20 pesos.

Feria del Libro en Durazno

Invitados por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), participamos en una mesa redonda, organizada para la Feria del Libro en Durazno. Compartimos la mesa con Virginia Luca, del MEC, los escritores Lía Schenck, presentando sus Historias de Pueblo Chico y Sergio López Suárez y el ilustrador Alfredo Soderguit presentando Leer, mirar…¡adivinar! La Feria, una movida cultural en pleno centro de la ciudad, el Museo Casa de Rivera, es el resultado del esfuerzo de la Cámara del Libro y  las bibliotecarias de la Biblioteca Municipal. Contó con la participación de escolares durante todo el día que escuchaban charlas de escritores y compraban libros. Al final de la tarde grupos de jóvenes y adultos examinaban los stands y asistían a algunos espectáculos artísticos. También aprovechamos a visitar la ciudad y, acompañados por el fotógrafo Juan Fernández,  el Foto Club de Durazno, fundado en 1987. En su Rincón Histórico nos encontramos con una buena colección de cámaras fotográficas antiguas.

Presento acá, parte de lo expuesto en relación a Crimen en el Puente Mauá, que es lo que me tocaba hacer a mí. Lo llevaba pronto para ser leído, pero preferí no leer, así que salió lo que salió:

…Creo que en ésta novela, de género policial para jóvenes, están presentes estas inquietudes que acaba de mencionar Alfredo, la de hacer preguntas y generar el autointerrogarse sobre diferentes temas. El personaje, un niño de 13 años se ve enfrentado a un mundo de secretos que tendrá que develar. El narrador, Mateo, tiene que empezar a tirar del hilo que le permita desenredar la madeja hasta llegar a la verdad y para eso no tiene más remedio que recurrir a las verdades parciales que le brindan las generaciones anteriores, sus padres y su abuela. Al mismo tiempo, esta última se presenta a través de sus sueños y es allí que le da pistas sobre lo que sucedió treinta años antes: el crimen en el Puente Mauá.

He tratado de deconstruir también allí el ritual ante la muerte, costumbres tan anquilosadas que ya no cuestionamos, a veces porque ni siquiera queremos pensar en la muerte, aunque sea además del nacer, las dos cosas más ciertas que tenemos.

Junto a eso, los sentimientos propios del duelo ante la pérdida de un ser querido. En ese sentido, la novela tuvo dos nacimientos. Uno, como ya he dicho antes, porque me la pidió una niña de Melo en un taller que realizamos en Cerro Largo. Otro en el 2006, cuando increíblemente, fallecieron seis amigos, Luz Ibarburu, Quica Errandonea, Alberto Heinz del colectivo de Familiares de uruguayos detenidos desaparecidos, Hugo Cores, amigo de toda la vida, y siempre digo que ese año se murió hasta mi perro. Pero creo que el más humano y racional fue el entierro de mi perro. Lo llevamos al lugar donde a él más le gustaba estar y lo sepultamos debajo del paraíso que está enfrente de la casa, confiando que sus moléculas fueran a enriquecer a otro ser vivo y de esta forma, siguiera acompañándonos.  También intenta sugerir, la forma en que los que se van, se quedan con nosotros de alguna manera. Con lo que nos enseñaron, con lo que compartimos, y la forma en que no se quedan, que es cuando se llevan, con ellos, nuestros recuerdos. Esos que cada vez son más difíciles de rescatar de ese disco duro que es nuestra memoria.

Otro de los temas que la novela intenta deconstruir es la vejez.  Y en particular la vejez de Lucila Cienfuegos. Tratamos de que la sola mención de su nombre rompiera con la imagen gris y deslucida que los jóvenes y algunos adultos tienen de las personas mayores. Siempre recuerdo a mi suegra decirme, soy la misma, siento lo mismo, pero mis rodillas no me funcionan, la piel se me arruga y me cuesta leer. Esa mujer joven, que está dentro de muchas abuelas, es Lucila Cienfuegos. Una mujer que escuchó a los Beatles y a los Rollings Stones y vivió de acuerdo a los valores rupturistas de su época.

Por último, la novela propone a los sueños, el espacio onírico, como un espacio de comunicación de dimensiones desconocidas y por eso mismo, respetable. Pero desenmarañada desde un adolescente, por consiguiente, con un lenguaje también adolescente.

La literatura como práctica de libertad

Presentación en la Mesa de Literatura Infantil, Premios Anuales MEC 2009, Feria del Libro, 25 de mayo, 2010, por Adriana Cabrera Esteve

Hace ya varios años descubríamos a Paulo Freire y su libro “La educación como práctica de libertad”.  Freire proponía la unidad educador-educando, la relación dialógica entre ambos y la realización juntos de un proceso que les permitiera la autoreflexión sobre su tiempo y su espacio. También la apropiación de la palabra no como un regalo del alfabetizador sino como un derecho fundamental, inherente al individuo. Supongo que por mi  juventud de entonces esas, sus propuestas, calaron fuerte dentro de mí porque más de una vez cuando pienso en por qué la literatura, y en particular por qué la literatura juvenil aparece en mi mente el título de su libro aunque en este caso cambio la palabra educación por literatura. No quiero decir con esto que literatura y educación sean la misma cosa. La verdad es que no creo eso. Sin embargo tienen algunas cosas en común. Una, el uso de la palabra, dos, la resignificación de la realidad a partir de la creación de mundos imaginarios. Esta práctica de libertad no termina en el creador, el escritor, sino que por el contrario desencadena una serie de resignificaciones de cada texto, propias del hecho artístico, que el lector, reconstruye y reescribe tantas veces como quiera según el momento de su vida y de lo profundo o superficial que pueda encontrar al  hilar sus razonamientos. La palabra mujer puede sugerir la imagen de Angelina Jolie o de la maestra de 6to grado. La palabra casa, puede interpretarse como un hogar de Casabó o como un hogar de Carrasco. Es el lector el que elige, desde sus experiencias, desde su inconsciente, desde su práctica de lectura. Al hacerlo ejerce  un derecho que ningún sistema puede evitar porque es inherente al ser humano, la libertad de pensar y de elegir. Se constituye así, un binomio único, irrepetible entre escritor/lector, diferente al del mismo escritor con otro lector.

Por otra parte, de la misma manera que con el silencio podemos intentar la inexistencia de algunos hechos por muy relevantes que sean, con la palabra podemos refundarlos, hacerlos presentes, traerlos del olvido o de la no existencia. La creación literaria nos permite fundar mundos surgidos de una cualidad humana impresionante, la imaginación, y de ahí la gran responsabilidad del comunicador. Al mismo tiempo, cuando recorro liceos y escuelas conversando con adolescentes que esperan simplemente que les demos algo, asumo la profunda necesidad de ser leales a nuestra concepción del mundo. Cuando me preguntan por qué escribo para jóvenes suelo, según las edades de los grupos, hablar de la literatura como herramienta de comunicación intergeneracional, pero cuando la madurez del grupo lo permite suelo contestarles que es porque creo que la literatura es una herramienta para repensar qué es verdad y qué no y porque nos permite ponernos en el lugar del otro y comprender otras estructuras de pensamiento. Dos cosas necesarias si pensamos que la historia de la humanidad  ha sido una historia de  desigualdad, de guerras y de hambre.

Cuando elijo en mis novelas invertir la dirección del tiempo, o sumergir a mis personajes en un mundo onírico, pretendo que puedan concebir que el mundo puede ser diferente a como lo suponemos. Pretendo, aunque sea una pretensión epistemológica, que los seres humanos aprendan la provisoriedad de sus verdades. No quiero decir con esto, porque la mayoría sabe que además de escritora, lucho por los derechos humanos, que no haya elementos de verdad suficientes para inculpar, por ejemplo a criminales de lesa humanidad. Asumo que la relatividad también tiene sus límites. Pero cuando veo algunos jóvenes y algunos no tanto,  sostener la supremacía de un cuadro de fútbol sobre otro, o confiar ciegamente y discutir en forma acalorada por  algo que han visto en la tele u oído por ahí. O cuando vemos, un poco más lejos en el mundo, conflictos religiosos, estigmatizaciones raciales o culturales, manipuladas o no, según los centros de poder, me convenzo de que lo mejor que podemos mostrar es la relatividad de algunas verdades y la necesidad de aprender a respetar las verdades de otros.

Tengo la impresión de que la literatura y en general el arte, hacen un gran aporte a esas reflexiones, ayudan a interrogarse, si no en forma consciente, en forma inconsciente. La identificación con un personaje, la vieja catarsis, es ni más ni menos que ponerse en el lugar del otro. Algo difícil en momentos en que la humanidad parece hundirse sin tomar consciencia siquiera cuando puede estar en juego su supervivencia como especie.