Diferentes planos de una misma búsqueda

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Por Lía Schenck

“Desaparecidos, de búsquedas y encuentros”, la exposición fotográfica de Adriana Cabrera Esteve, puede visitarse hasta el 9 de octubre en el Museo de la Memoria. Imágenes de la naturaleza dialogan entre sí, al tiempo que promueven un encuentro personal y colectivo con nuestro pasado reciente.

Autora de la zaga de Guidaí -una descendiente de charrúas con poderes que le permiten viajar en el tiempo y vivir apasionantes aventuras- entre otras obras, hablan de una importante trayectoria en literatura infantil y juvenil, por la cual ha recibido premios y reconocimientos. Al mismo tiempo, Adriana Cabrera Esteve es una destacada fotógrafa, de lo cual han dado cuenta diversas muestras tanto colectivas como individuales.

Sus temáticas ahondan en realidades que forman parte de las agendas sociales y en su compromiso como activista de derechos humanos: “Hijos Uruguay”(2012) ; “Al borde” (2013); “Una foto por tus derechos”,muestra colectiva en Plaza Libertad, 8 de marzo 2015; “Hijas de Vidriero”,intervención urbana sobre equidad de género, mayo de 2016, con el Colectivo de Mujeres Fotógrafas; “En Blanca y Negra”;”Amandla-Awethu”, sobre las condiciones de vida en Marikana, pequeño pueblo minero de Sudáfric,a a dos años de la masacre que terminó con un conflicto prolongado entre los trabajadores y la compañía minera inglesa, Lonmin, Taller Aquelarre, 2016.

Un patrón común

En un cuadro colocado al ingreso de la muestra, hay un texto que expresa el sentido de la misma. La artista hace referencia a un diálogo interior con su padre desparecido: “No importaba cuán convencida estuviera de su eventual destino, siempre quedaba ese espacio de resistencia al que probablemente se le deba llamar esperanza. Eso, que yo creía una experiencia personal, íntima, en diálogo con otros familiares de detenidos desaparecidos me fui dando cuenta de que era común entre nosotros. Que buscábamos, y buscábamos, y buscábamos en diferentes planos y dimensiones, social, política, sicológica, emocional.

La búsqueda era un patrón común de los que nos juntábamos y los que no, y que de alguna manera nos arreglábamos para encontrarlos. Sin embargo, hace relativamente poco tiempo me di cuenta que esa experiencia se trasladaba a otras manifestaciones de mi inconsciente, la toma de fotografías. No la fotografía documental o periodística, sino las que tomaba porque sí. En las que me dejaba fluir simplemente”.

Un futuro oscuro

En respuestas a las preguntas que le formularamos, también fluyen memorias, desilusiones y esperanzas.

¿Cómo interactúan en esta muestra la artista y la activista en derechos humanos?

Lo primero que es necesario aclarar es que no se trata de fotografía documental. Se trata de fotografía de autor. Algo que como activista no jerarquicé durante muchos años, en los que lo que más me importaba era cómo hacer para que la denuncia fuera la mejor y más entendida. O sea que recién ahora, al sumar años, le hago un lugar a la perspectiva subjetiva de la desaparición forzada, aunque haya convivido con ella durante cuatro décadas. Pero creo que también en esta muestra hay mucha desesperanza. Es una representación obscura.

¿Dónde está anclada esa desesperanza?

La enorme mayoría de los familiares encontramos a nuestros desaparecidos sólo en nuestra memoria. Todas las ilusiones que nos hicimos de que el problema de los desaparecidos encontraría una reparación en términos de verdad, memoria y justicia con un gobierno progresista, ahora, de a poco, nos vamos dando cuenta de que no está siendo así. Que aunque exista una hoja de ruta establecida con claridad por Naciones Unidas sobre cómo actuar, la implementación se hace siempre a cuentagotas ante la demanda de las víctimas, con trancazos de todo tipo y las agendas se difieren en el tiempo como si fuéramos eternos.

La reparación a las víctimas de delitos de lesa humanidad debe hacerse en vida. Y para eso hay que asignar recursos, humanos y materiales y hay que proponerse metas, objetivos a corto y mediano plazo, establecer tiempos, evaluar resultados y reajustar la agenda periódicamente hasta encontrarlos. Como en cualquier administración. Si todo se extiende en el tiempo como un gran chicle pegajoso, entonces el futuro es oscuro. Porque no estamos creando los antídotos para futuros autoritarismos.

Orillas del tiempo

Muchas imágenes de esta muestra refieren a elementos de la naturaleza.

Niebla y agua son los principales elementos. Las razones son varias. Para no dar datos sobre el lugar de los enterramientos de los desaparecidos, los militares dijeron que habían sido tirados al Río de la Plata. Ese es el caso de mi padre. Aunque sospechemos que no es cierto, sabemos que muchos de los desaparecidos sí fueron lanzados al mar, especialmente en Argentina. Durante muchos años me fue imposible caminar por la playa sin encontrar conexiones con su desaparición. En segundo lugar porque varias de las fotografías sugieren imágenes oníricas con referencia a nuestro pasado.

Como la gran mayoría de los uruguayos, nuestra familia vivió pegada al mar y mis recuerdos de infancia, los que rememoro con más cariño, están vinculados a momentos que compartíamos cerca del mar. Por ejemplo de niña, en vacaciones, mi padre pescaba hasta pasado el mediodía y yo lo esperaba para bucear a la hora de mayor luminosidad. Lo vivía como un momento en el que él me brindaba toda su atención y que disfrutábamos juntos. Nuestras orillas están vinculadas a los momentos más queridos, pero también a los finales más temidos.

¿El arte permite un “encuentro” con esta realidad? ¿De qué manera?

Sin duda. El arte permite el encuentro de las sensibilidades. Es casi una comunión entre seres humanos. Y es desde ese estado íntimo que los puntos de vista se acercan y los hombres y mujeres se encuentran.

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Inauguración y permanencia

Ayer inauguramos la muestra “Desaparecidos, de búsquedas y encuentros” en el Museo de la Memoria. La misma estará en exposición hasta el 9 de octubre de 2016 y  se podrá visitar de lunes a sábados entre las 12 y las 18 horas. La dirección del museo es Av. de las Instrucciones 1057 casi Bvar. José Batlle y Ordóñez (ex Quinta de Santos).

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Lembrar é resistir

El DOPS, Departamento de Orden Política y Social, hoy convertido en lugar de memoria, fue la institución estatal en San Pablo, encargada del disciplinamiento de la sociedad y la represión de toda forma de oposición al gobierno brasileño antes y durante la dictadura . Se encargaba de investigar a las organizaciones políticas, sociales, hasta organizaciones de vecinos; censurar medios de prensa y emitir un certificado de buena conducta necesario para conseguir empleo. Allí eran inerrogados y torturados los presos.

El actual Memorial de la Resistencia forma parte de la Pinacoteca de San Pablo.

Cuarenta y dos años después: Derechos Humanos y desmemoria

00A 42 años del Golpe de Estado quedan demasiadas asignaturas pendientes y todavía seguimos entrando en nuevos ciclos de esperanza, una y otra vez. Todos sabemos a esta altura que sin información no hay más verdad histórica que la que se ha logrado recopilar a través del testimonio de las víctimas, el acceso a unos pocos archivos y las excavaciones para encontrar un puñadito de restos óseos. ¿Es poca? No. Unos años atrás, los familiares soñábamos con que un gobierno reconociera los delitos de lesa humanidad y el terrorismo de Estado que implicó la dictadura. ¿Es suficiente? Tampoco. Crear otra comisión de la verdad si no encontramos una forma de sortear el pacto de silencio en el que se amparan los criminales de lesa humanidad, podría llegar a convertirse en el nuevo distractor quinquenal.
Jorge Batlle creó la COPAZ y ella permitió a los militares dar información en forma anónima sobre el destino de los desaparecidos. Se garantizó que su información no llegaría a la Justicia y que nadie sabría quién había brindado los datos. El resultado fue un grupo de expertos en inteligencia militar (que es lo que son) abocados a desinformar. Hacer revivir la esperanza, y luego frustrarla es una forma de tortura sistemática hacia las víctimas en la que son expertos. Las víctimas, ávidas de creer, o sea nosotros, recorrimos ese camino. El único resultado positivo fue que por primera vez el gobierno reconoció los crímenes de Estado.
Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos tuvo que publicar su propio “A todos ellos” libro con el que intentó sistematizar toda la información recabada por diferentes generaciones de investigadores (víctimas, periodistas e historiadores) para aportar algo más denso y científico en materia de información.
Con el gobierno de Tabaré Vázquez, lo que se llamó Comisión de Seguimiento de la COPAZ, a solicitud de los familiares, mantuvo sus puertas abiertas, pero la confiabilidad en las buenas intenciones de la patota militar se mantuvo. Así, por ejemplo, se le mostró a Macarena el lugar donde no yacía su madre ante las cámaras televisivas. Sin embargo, los antropólogos y los historiadores sí realizaron un trabajo científico y tuvieron algunos logros.
El gobierno de José Mujica, a pesar de su intención de no mantener “viejitos presos”, aceptó la Sentencia de la CIDDHH que obligó a Uruguay a reparar a las víctimas de delitos de lesa humanidad. Por reparación debe entenderse su reparación moral a través del acceso a la verdad, la memoria y la justicia. La Secretaría de DDHH amplió su cometido pero para cumplirlo hubiera necesitado mucho más personal especializado. El resultado es que todavía no se ha sistematizado ni siquiera el archivo encontrado por la ex Ministra de Defensa Azucena Berrutti en el ex CGIOR durante el primer gobierno frenteamplista.
Hoy contamos con la nueva comisión instalada por Tabaré Vazquez cuando aún era presidente electo. El problema es que si esta comisión no accede a los archivos de inteligencia militar y a la Secretaria de DDHH, además de la excelente persona que la dirige, Isabel Wschebor, no se le asigna personal suficiente para investigar toda la información que surja y la que ya tiene, estaremos una vez más ante una nueva frustración para las grandes multitudes que cada 20 de mayo recorren 18 de julio. Eso sí, cada vez habrá menos testigos y víctimas encabezando la marcha.
Esta última Marcha del Silencio traté de ir entre las primeras filas. Vi a León Gieco bastante cerca pero no vi a Luisa Cuesta, ni a Luz Ibarburu, ni a María Esther Gatti, ni a Quica Errandonea, ni a Tota Quinteros, ni a Violeta Malugani, ni a Blanca Artigas, tampoco vi a otros tantos luchadores por los DDHH que ya no están. Y no me quise alejar de esa tercera fila para que los pocos familiares que estábamos entre la multitud que solidariamente llevaba nuestros carteles fuéramos visibles aunque no nos reconocieran. Note sí, las nuevas generaciones de sobrinos, hijos y nietos de los que ya no están. Fui también al plenario de Familiares y recordé las ricas tortas saladas que traían las viejas para que fueran más llevaderas las discusiones enconadas en las que nos entrelazábamos con la buena intención de lograr verdad y justicia. La verdad, es que la mesa nos quedaba grande. Las organizaciones de DDHH tienen que buscar solidaridad porque una parte del sistema político, el Poder Judicial y personajes como el Ministro Fernandez Huidobro, los han ridiculizado, estigmatizado y trabajado para lograr su aislamiento sistemático, su debilitamiento, su frustración, su división, su desaliento. Y me pregunto, cómo una sociedad puede permanecer anestesiada, año tras año, ante tanta barbarie como la que se cometió por un puñado de civiles y militares con el poder de las armas. ¿Cómo se puede barrer bajo la alfombra contraviniendo todas las normas internacionales en ddhh? Porque el tiempo. Esa variable implacable. Y la lentitud de las respuestas lo hace posible. Me pregunto también si queremos una sociedad de desmemoria para nuestros hijos. Porque de ser así, ellos no van a saber reconocer los signos de autoritarismo si llegaran a presentarse en el futuro, tampoco van a saber cómo salirles al cruce antes de que se consoliden esos procesos y sea tarde.
*Hija de Ary Cabrera Prates, desaparecido en abril de 1976

Publicado en La República 1 de julio de 2015

20a MARCHA DEL SILENCIO

Luisa Cuesta 1 xHoy es la 20a Marcha del Silencio. A esos veinte años de marchas, hay que sumarle los otros. Para unos han pasado cuarenta años desde la desaparición de nuestro familiar. Más de cuarenta para otros. Menos de cuarenta también. Porque el terrorismo de Estado secuestró, desapareció, asesinó antes, durante y después de la dictadura. Y a pesar de eso, la gran mayoría de los crímenes siguen impunes. Queremos verdad para saber lo que sucedió. Eso en nuestro país quiere decir acceso a los archivos de inteligencia militar que ningún gobierno entregó todavía. La CIA desarchiva sus documentos a los 30 años, ¿por qué nosotros no? No hay Comisión para la verdad que pueda resolver la falta de información cuando todavía hay quienes defienden la omertá. Queremos memoria para no repetir los errores del pasado. Y queremos una Justicia que funcione acorde con las normas internacionales más avanzadas, para que la impunidad sea una mala palabra.

Hoy vamos a marchar sin Luisa Cuesta, que todavía no sabe dónde está Nebio. También vamos a marchar sin Luz, María Esther, Quica, Blanca, Violeta, Tota y la lista sigue.

Ya no hay más tiempo. Es ahora.