Fingimos tener paciencia

Por Adriana Cabrera Esteve

 La verdad es que esta situación en la que nos encontramos luego de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia declarando inconstitucional los artículos 2 y 3 de la Ley 18.831 nos hace acordar a la canción de Lenine, Paciencia, en la que afirma “la vida no para/ la vida es tan rara” y bastante antes,

 “Cuando todo el mundo
espera la cura del mal
Y la locura finge
que todo esto es normal
Yo finjo tener paciencia”

 Mi padre fue secuestrado en 1976, en ese entonces tenía 20 años, hoy tengo 57. Pasaron 37 años y, como Lenine, fingimos tener paciencia. Lo mismo ha sucedido con otros hijos, niños recién nacidos o pequeños cuando secuestraron a sus padres, ahora comienzan a ver pequeñas canas en el espejo, sólo para recordarles que la vida no para. El tiempo corre a favor de los criminales. Nosotros perdemos el tiempo que ellos ganan. Nuestros años pasan y seguimos lideando con diferentes formas de impunidad. Y lo más terrible, los años de los culpables de crímenes de lesa humanidad, también pasan y salvo un pequeño número de condenados, la gran mayoría están en libertad. También han pasado los años de Luz Ibarburu, Tota Quinteros, Violeta Malugani, María Salvia de Errandonea, Guillermo Sobrino y la lista es larga. Los vimos y nos vimos denunciar ante los organismos internacionales o coordinar con las madres argentinas, los vimos y nos vimos llevar las fotos de nuestros familiares a la Plaza Libertad, los vimos y nos vimos cargar la presencia de nuestros familiares a las concentraciones de los primeros de mayo o a las marchas de los 20 de mayo. ¿Qué queríamos? Lo que quiere cualquier ser humano al que le roban un ser querido: tenerlo de vuelta. Y cuando resultó que no era posible, denunciar sus secuestros, exigir justicia. Pero también vimos otras cosas. Vimos, más recientemente, hombres y mujeres que luego de años de silencio se animaron a contar y a denunciar lo sucedido en las cárceles de la dictadura. Durante décadas no habían podido hacerlo; cuando les fue posible, el plazo, según la SCJ, insólitamente había prescripto. ¿Qué sucedió con aquello de que al impedido no le corre término? ¿Qué tiene todo esto que ver con la obligación del Poder Judicial de garantizar el acceso a la justicia de las víctimas?

La sentencia de la SCJ va en contra de la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, pero más aún, va en contra del concepto mismo de crimen de lesa humanidad. Lo desconoce como si Uruguay no hubiera suscripto los tratados internacionales que lo obligan a tratar los crímenes cometidos desde el Estado como tales. Y se opone, sin duda a la Sentencia de la Corte Interamericana de DDHH que obliga al Estado uruguayo a reparar los crímenes de la dictadura y a actualizar su actuación y su legislación interna acorde a las normas internacionales de derecho.

 El 23 de febrero, a través de un comunicado de prensa, Hijos Uruguay decía: “Debemos además expresar que no logramos salir de la sorpresa y el estupor que nos generan estos hechos, cuando creíamos que en nuestro país se comenzaban a avizorar ciertos avances respecto a nuestros históricos e insoslayables reclamos.

 Avances que se traducían en un lento pero palpable aggiornamiento de nuestra jurisprudencia con el derecho internacional o en el paulatino cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana, los resultados en los trabajos de excavaciones en los predios militares y la investigación histórica con el correspondiente acceso y difusión de parte de los archivos de la dictadura.

 Cuando comenzaba a insinuarse un cambio cultural que buscaba desembarazarse de la impunidad como regla de juego y condición inalterable en el perverso juego de las relaciones sociales tuteladas por la memoria del horror.”

 Entre los defensores de la teoría de los dos demonios y los defensores del terrorismo de Estado, quizá no debió sorprendernos que sigan existiendo en nuestro país quienes se inclinan a favor de los victimarios en lugar de defender a las víctimas. Quizá tampoco debió sorprendernos que haya quienes desconocen todos los avances de la humanidad en materia de derechos desde el Holocausto a la fecha. Por eso, creemos necesario apoyar la Declaración de la Institución de Derechos Humanos sobre administración de justicia y derechos humanos y exhortar al Poder Legislativo a comprometerse en la democratización del Poder Judicial, legislando para establecer un sistema claro y transparente de ingresos, nombramientos y ascensos de los magistrados y funcionarios, así como la creación de un Consejo Superior de la Magistratura. También exhortar a jueces y fiscales a cumplir con la Sentencia de la CIDDHH sin ceder a las presiones y amenazas implícitas en el traslado a un Juzgado Civil de la Jueza Mariana Mota. Por último, se hace imprescindible que el Presidente y sus ministros tengan una actitud enérgica, proactiva e inequívoca de compromiso con los derechos humanos tal cual lo establece el programa elegido por la ciudadanía al que se deben.

Publicado en La República

Encuentro-despedida

Ayer acompañamos los restos de Alberto “Pocho” Mechoso. Desde el 26 de setiembre de 1976 estaba desaparecido. Lo habían secuestrado en Buenos Aires en el marco de la represión al Partido por la Victoria del Pueblo. Había sido visto en Automotoras Orletti, uno de los tantos centros de detención clandestinos de las dictaduras del Cono Sur. Luego de ser salvajemente torturado el 14 de octubre del mismo año fue tirado junto a otros siete detenidos en tambores metálicos al Canal San Fernando de la Provincia de Buenos Aires. Sus cuerpos fueron cubiertos de cal y cemento. Los otros restos identificados hasta el momento en las mismas circunstancias fueron los de Marcelo Gelman y María del Carmen Pérez,  embarazada de nueve meses. Tiempos de horror.

Aunque la tristeza no sea menos tristeza, hoy ya no está desaparecido como quisieron sus secuestradores y sus asesinos tampoco están impunes.

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El miedo como herramienta

El debate sobre convivencia y seguridad ciudadana fue precedido de una dura campaña de la derecha que tenía como objetivo convencer a los uruguayos de que nos encontrábamos en un mar de sangre de la que los adolescentes eran sus principales protagonistas. Un escenario especialmente elegido por la derecha en toda América Latina. Resulta relevante que uno de los siete puntos esgrimidos por la derecha paraguaya para realizar un juicio sumario al presidente democráticamente electo Fernando Lugo, fue el de no haber podido manejar la inseguridad ciudadana. En nuestro país tomó la forma de plebiscito por la baja de la edad de imputabilidad y se impulsó sin ningún problema ético por estigmatizar a las nuevas generaciones como posibles peligros para la sociedad.

¿Puede llamar la atención? No. La derecha tiene una amplia experiencia en usar el miedo como mecanismo de manipulación de las masas. En los 70 y 80, la persecución del “enemigo interno” personificado en jóvenes de barba, bigotes, jeans y pelo largo o jovencitas de cabello lacio, zapatos Incalcuer y mongómerys  unificó a civiles y militares en contra de un enemigo común.  La prensa y los discursos de los gobernantes supieron sembrar en la ciudadanía la desconfianza hacia todo lo que pudiera simbolizar un cambio a los modos conservadores de convivencia. La división entre izquierdas y derechas tuvo también un terreno de prejuicios y temores fomentados desde la voz de los gobernantes. El “enemigo interno” tomó forma de pueblo y de organización. Pero el miedo siguió siendo la principal herramienta de la derecha. El terrorismo de Estado inculcó el miedo a la tortura, a la desaparición forzada, a la prisión prolongada. La fórmula para no ser sujeto de sospecha era “el hacé la tuya” y para los padres, el “cuide bien que su hijo no se meta en cosas raras”.

Pasada la dictadura, se las ingeniaron para mantener en la cabeza de los uruguayos el recuerdo vívido de lo sucedido y el miedo a que surgiera un grupo de militares nostálgicos a los que se les ocurriera volver.

Cuando todas esas fórmulas fascistoides empezaron a caer en el vacío, tuvieron que inventar un nuevo enemigo interno. Algunos ensayos durante la crisis del 2002 le dieron la pauta de que el miedo seguía siendo una buena herramienta de manipulación del pueblo. Es así que todos los montevideanos fuimos testigos de la maniobra con la que se convenció a todo el mundo de que venían hordas salvajes atravesando el arroyo Pantanoso y todos debían volver a sus hogares para defender sus propiedades y su familia. La efectividad del manejo del rumor, ese que suele ser de origen desconocido y basado en los prejuicios y temores del común denominador de la gente, se demostró en que a las cuatro de la tarde todo el mundo se encerró en su casa.  Cuando la prensa intentó rastrear las fuentes de la información, sólo pudieron confirmar que algunos policías habían recorrido los negocios del centro de la capital aconsejando a sus propietarios cerrar para evitar las posibles consecuencias. El resultado de la experiencia era claro: el miedo seguía surtiendo efecto.

Con el gobierno frenteamplista, arreciaron entonces los discursos alarmantes sobre la delincuencia. La misma que los gobiernos blancos y colorados no habían podido controlar ni solucionar. Por el contrario, las crisis económicas con base a las políticas neoliberales no habían hecho más que aumentarla. Lo único que los dejaba en falsa escuadra era que nunca como durante el gobierno del Frente Amplio, habían sido encarcelados tantos narcotraficantes de gran porte. Anteriormente no habían existido tampoco procesamientos por lavado de dinero ni por trata de blancas. Pero ante la duda, avanzaron, y los sectores más conservadores de los partidos tradicionales volvieron a hacer lo que saben hacer: inculcar el miedo a un nuevo enemigo interno, esta vez, todos los menores de dieciocho años.

Por eso la virtud del discurso del Presidente Mujica, del 19 de junio, fue la de deconstruir el discurso de la derecha. Primero asumiendo la responsabilidad ante la inseguridad ciudadana, segundo, planteando la responsabilidad compartida de todos y todas como sujetos de derecho pero también de obligaciones y por último exhortando a la ciudadanía a debatir sobre qué tipo de convivencia deseamos construir.

Lo primero que se impuso para el debate fue el objetivar con números la realidad. Algunos datos interesantes surgieron de las exposiciones de un equipo de investigadores colombianos  que con apoyo del BID realizaron diferentes encuestas sobre cultura ciudadana en diferentes ciudades latinoamericanas. Uno de los datos interesantes que presentaron fueron los de las tasas de homicidios. Colombia presentaba su éxito de haber bajado la tasa de homicidios de 37 cada 100.000 hab. a 20 cada  100.000 hab. Venezuela tiene 52 homicidios cada 100.000 hab. Y Uruguay tiene 6.1 cada 100.000 hab. Cifra que según el Ministerio del Interior habría bajado aún más el último año. Antanas Mockus, uno de los investigadores, comentó, “nos sentimos como quien trae leña al bosque”, al elogiar el trabajo iniciado por el gobierno en cuanto a la seguridad y la convivencia.

Pero yendo a los números nacionales ofrecidos por el Ministerio del Interior, resulta que del total de muertes violentas, el 43,4% son por suicidios; el 36,7% por accidentes de tránsito; el 4% por accidentes de trabajo; el 2.9% por violencia doméstica; el 1,7% por homicidios en el marco de hurtos y rapiñas protagonizados por adultos y el 0.6% de los homicidios también en el marco de hurtos y rapiñas, son protagonizados por menores. Más un 10,7% de otros homicidios.

Resulta claro entonces, que sean 15 o 20 medidas las que se tomen para evitar la inseguridad de la población, los menores de dieciocho años están lejos de ser el principal factor de preocupación. Y sí son nuestra principal responsabilidad. Decidir qué mundo queremos dejar a las nuevas generaciones no pasa por agrandar las cárceles si no por crear modelos de convivencia más saludables y continentes.

 Publicado en La República el 5 de octubre de 2012

Eva y Lola

Participación a nombre de Hijos Uruguay en la Mesa Redonda del Festival de Cine de DDHH

21-06-12

Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles habla entre otras, de las ciudades y la memoria. Y para describir a Zaira, una de estas ciudades, dice: “Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los tejados; pero ya sé que sería como no decirte nada. La ciudad no está hecha de esto, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado…” Y más adelante continua “En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.”

Al igual que Zaira, en nuestros países hubo quienes se negaron a contar nuestro pasado pero quedaron los arañazos, las muescas, las incisiones, marcándonos y definiendo nuestras identidades. Y todavía hoy, casi 40 años después, seguimos descubriendo retazos de verdades como las líneas de nuestras manos para saber quiénes somos. La verdad ha sido el campo de tensiones entre la impunidad y la justicia. Por eso es un eterno borrador que corregimos, rehacemos, borroneamos. Nuestra verdad es eternamente porosa y sus orificios cambian de lugar, se superponen, se cierran o se abren según surgen nuevos datos. Y la memoria, el espacio resiliente de nuestros pueblos empeñados en lograr que el espejo refleje su propio rostro.

Nada nos fue regalado a la hora de reescribir nuestra historia. Sabíamos que la decisión de olvidar, algo que las víctimas hacen con frecuencia para sobrevivir, no podía ser una decisión de gobierno. En el cono sur, la negación de la justicia vino de la mano de la negación de nuestra propia existencia consciente. El relato histórico inventado por los centros de poder que marginaba al olvido y la desmemoria  años de vida de miles de latinoamericanos fue el complemento indispensable para garantizar la impunidad de los crímenes de lesa humanidad.

La deconstrucción de la cultura de impunidad no ha sido fácil y no es una tarea acabada. Fue la tenaz actitud de denuncia de víctimas, investigadores y testigos en parte como una reivindicación de sí mismos pero fundamentalmente con una fuerte apuesta a la construcción de formas mejores de democracia, lo que ha aportado en este largo proceso. A este esfuerzo colectivo suman trabajos como los de Sabrina Farji y Victoria Grigera Dupuy. Y yo diría que SUMAN con mayúscula porque problematizan el conocimiento de la verdad que es lo mejor que se puede hacer para conocerla y lo hacen haciendo honor a la frase del escritor español, José Bergamín: “si fuera objeto sería objetivo pero soy sujeto”. Sabrina nos invita a la intimidad de sus personajes con escenas de primeros planos, muchos de ellos de detalles. Y es desde un entramado de subjetividades que construyen nuevos saberes colectivos. En ese sentido lo primero que nos gustaría resaltar de Eva y Lola, la película de Sabrina Farji, es su adherencia valiente y sensible a la realidad de los hijos de detenidos desaparecidos.

Cuando digo sensible, lo digo porque admite la identificación con la problemática, tanto para los hijos recuperados como para los otros, los que pudimos convivir con nuestro padre o madre desaparecidos como los que no llegaron a conocerlo o recordarlo pero que siempre conocieron su identidad. El proceso de identificación se da en las grandes y pequeñas cosas y cuando no toca a unos toca a otros:

Eva siempre “llega tarde”. Acá corresponde una confesión pública, nuestras reuniones se caracterizan por esa flexibilidad temporal que sólo entre nosotros respetamos sin alterarnos. De alguna manera, parecemos estar peleados con el tiempo, la más fatal e intransigente de las variables existenciales. O quizá debiera decir que somos amigos del tiempo.

La tristeza, sólo alterada por alguna sonrisa casi siempre rodeada de conversaciones sarcásticas y muy pocas veces por la carcajada. Pero en convivencia con la búsqueda o el esfuerzo por salir de ese enredo, no dejándolo sino desenredándolo.

La difícil exploración de la estabilidad emocional esa que debe compensarnos de todas las ausencias y es quizá, en algunas ocasiones, mucho pedir, en otras, el intento de un núcleo familiar verdadero en compensación por los núcleos familiares mentirosos de los apropiadores. “Sos de verdad” dice una de las personajes a su pareja.

La elaboración sobre la dicotomía verdad/mentira, algo con lo que otros conviven sin alterarse y para nosotros supone una elaboración profunda quizá porque es la mentira la que ha horadado parte de nuestras vidas. A veces no exactamente la mentira pero sí una colección de silencios, o de medias verdades o de eufemismos: proceso por dictadura, educación por apropiación, trasládese para destino final por asesínese y desaparézcase.

Es esta dicotomía lo que en la película aparece como el eje central del dilema: la línea divisoria, y es esa cuerda floja en la que los personajes son un poco acróbatas y en la que viven con equilibrios frágiles. Los recursos estéticos sugieren la asunción de la verdad como un nuevo nacimiento. En el lenguaje visual, los planos negros, espacios oscuros con una puerta/abertura al fondo, casi un símil del canal de parto. En la trama, el contexto de un año que termina y otro que comienza. En la banda musical, los sonidos monotónicos del piano. También recursos de la narrativa infantil como el baúl donde se esconden los objetos perdidos, el tren mecánico que no va a ninguna parte en una noria permanente, un círculo cerrado con el que debe de romper el personaje.

 El sentimiento de hermandad que Sabrina elije mostrar mediante  imágenes en espejo o en embrión de gemelares, también refleja nuestras sensibilidades. La empatía con los que han vivido situaciones similares.

Pero también una adherencia a la realidad en otros aspectos. La oposición entre la casa de los apropiadores, pulcritud militar, superficies vacías vs la casa de Eva, con el desorden de la vida. Las telas de colores. La frivolidad de la apropiadora. Los bonos, esa forma extraña de reparación económica y sin embargo las implicancias en el duelo por la desaparición de su padre que necesariamente debe hacer Eva, o quizá no. El contexto de lucha: las abuelas, Eva trabaja con ellas. La reivindicación del derecho a la identidad.

Por último sólo resta felicitarlas a ellas y a su equipo.

Muchas gracias

INDDHH: Mejor imposible

Escribe: Adriana Cabrera Esteve

Largamente anhelada, la creación de la Institución de Derechos Humanos (INDDHH) parece ir tomando forma.

La preocupación por dotar a los derechos humanos de una cierta institucionalidad se esbozaba ya en las recomendaciones que Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos presentó a la Comisión para la Paz durante el gobierno de Jorge Batlle. Se formulaba entonces la necesidad de una institución o un ombudsman o comisionado.

Culminado el proceso de la COPAZ, con escasos resultados en materia de investigación, la necesidad de un organismo destinado a encontrar la verdad sobre lo ocurrido durante la dictadura seguía vigente.

Poco después, en el Congreso “Héctor Rodríguez”, el Frente Amplio resolvió impulsar la creación de una estructura institucional de integración gubernamental y no gubernamental, con autonomía, para promocionar y proteger los derechos humanos en nuestro país. Para algunos esta institución podría ser un símil de lo que fue la Secretaría de Derechos Humanos en Argentina, para otros, no. Con la asunción del gobierno por parte del Frente Amplio se resolvió que la investigación de los crímenes del terrorismo de Estado se realizara desde la Comisión de Seguimiento de la COPAZ en el ámbito de Presidencia y que la creación de una INDDHH fuera llevada adelante desde el Parlamento. Es así que en 2006 se presentó un proyecto de ley que le asignaba a la INDDHH el cometido de promoción y protección de los DDHH, impulsar la armonización de la legislación nacional a las exigencias internacionales en la materia, emitir opiniones y recomendaciones, recibir e investigar denuncias, entre otras. La misma gozaría de autonomía, estaría en la órbita del Poder Legislativo y contaría con la participación de la sociedad civil.

La Ley 18.446 fue votada en diciembre de 2008 y quedó para el gobierno siguiente la responsabilidad de echarla a andar. Fue así que en mayo próximo pasado se votó en la Asamblea General la integración del Consejo Directivo. A pesar de las acusaciones de los partidos políticos de derecha en cuanto a la pluralidad de la propuesta, la ley establecía que debía expresar la pluralidad de las fuerzas sociales y así lo hizo. Fueron elegidos por mayoría simple luego de dos intentos de hacerlo por los dos tercios que estable la ley, Juan Raúl Ferreira, Ariela Peralta, Juan Faroppa, Mariana González y Mirtha Guianze. Los mismos deberán asumir antes de cumplirse los 45 días posteriores a la votación.

El Consejo tiene entre sus funciones la de convocar a la Asamblea Nacional de DDHH en la que participarán las organizaciones sociales que tengan como finalidad la lucha por los derechos humanos y que se hayan registrado ante el mismo Consejo con anterioridad. Es sin duda un hecho sin precedentes en nuestra historia y que marcará el próximo período en cuanto a la construcción de una nueva cultura más respetuosa del otro. No sólo por las implicancias de que exista una institución abocada a analizar toda la temática en DDHH sino por el rol participativo que se asigna a las fuerzas sociales. Es de aclarar, que cuando se habla de derechos humanos se trata de una visión integral de los mismos. Podrán participar entonces en este ámbito no sólo las organizaciones que hayan destinado su existencia a la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia con respecto al terrorismo de estado, sino también las organizaciones que han trabajado por la equidad de género o en contra de la violencia doméstica, por el derecho a la diversidad sexual, por los derechos de la infancia, por el medioambiente, etc.

Para saber quiénes pueden sentirse incluidos en esta convocatoria, conviene entonces recordar las tres generaciones de derechos humanos:

La primera incluye los derechos cívicos y políticos. Son el derecho a la vida, la libertad, a la libertad de opinión, pensamiento y expresión, a la justicia, a la de reunión y asociación, a no recibir tratos degradantes. Todos garantizados sin importar raza, sexo, situación socioeconómica.

La segunda generación incluye los derechos sociales, económicos y culturales. Son por ejemplo, el derecho al trabajo, a la sindicalización, a la seguridad social, a un nivel de vida que asegure la salud biopsicosocial, vivienda, educación,  entre otros.

Por último, la tercera generación, debe garantizar el derecho a un medio ambiente sustentable, a la solidaridad, a la paz, a la diversidad cultural. Se habla incluso de una cuarta generación que incluiría por ejemplo, los que surgen de la comunicación digital y del desarrollo productivo.

En conclusión, si entendemos que allá donde haya una necesidad existe un derecho a respetar, estamos ante la creación no sólo de una institución ante la cual se podrán presentar denuncias sino ante la creación de un gran foro democrático al que se podrán presentar miradas y propuestas sobre el conjunto de fenómenos que atraviesan nuestra sociedad y que esperamos, marque una época.

Publicado en Participando Junio 2012

Todos son nuestros hijos

Entrevista a Olga Ramos

Escribe: Adriana Cabrera Esteve

Todos la identificamos como “la abuela de Soledad” porque junto a la búsqueda de su hija Ileana García, y su yerno, Edmundo Dossetti, detenidos desaparecidos el 21 de diciembre de 1977, en Buenos Aires, Olga tuvo que enfrentar, con éxito, la recuperación y educación de su nieta. También tuvo que darle respuestas. Soledad preguntaba y sus preguntas fueron adquiriendo profundidad a través de los años. Así se fue enterando de lo que, muy dentro de ella, ya sabía. “Nunca le mentimos”, me cuenta, “porque si nosotros le mentíamos, ¿en quién iba a confiar? Le decíamos que sus padres querían estar con ella pero que no los dejaban”. Alguna vez manifestó temor. Cuando su abuela viajaba a Buenos Aires, una vez a los cuatro años, le pidió que no fuera. “Tengo que ir a buscar a papá y a mamá, le decía, porque yo tenía esperanza. ¿Cómo iba a pensar que alguien fuera capaz de matarlos?” “Y si te llevan a vos ¿con quién me quedo yo?”, le preguntó su nieta.

Recuperarla había sido “muy arduo”. “Esa noche cuando los militares le hicieron abrir al portero ellos estaban por cenar”, nos cuenta, “eran las once u once y media. Entraron con violencia, los bajaron por la escalera a golpes, empujones y patadas. Ileana empezó a gritar: qué van a hacer con mi hija. Se ve que se aferraba a ella. Los vecinos vichaban por los visillos como podían. Oyeron las cachetadas y los golpes hasta que la arrastraron al ascensor desvanecida. A Soledad se la dieron al portero. Dijeron que le iban a avisar a los abuelos para que la vinieran a buscar. Pero nadie nos avisó. Cuando pasaron tres días, el vicepresidente del consorcio le escribió una carta al padre de mi yerno. Enseguida vino mi consuegra a avisarme y nos fuimos a Buenos Aires. Soledad ya no estaba. Fuimos al juzgado. Gasté en abogados y escribanos porque no sabía qué pasos dar. Después me acordé que Ileana me había dicho: mami si nos pasa algo andá a Suipacha 280. Era el ACNUR. Pero en ese momento no me acordé. Primero fuimos al juzgado y la jueza nos dijo que la nena estaba en la Brigada Femenina de San Martín. Era una bebé de siete meses y no tuvieron la sensibilidad de ponerla en una casa-cuna, la pusieron en una cárcel de mujeres. Cuando fui allí, Soledad ya no estaba. Las milicas me hicieron el cuento, y me dolía cuando entraban y se persignaban ante la virgen y después hacían las cosas que hacían. Me dijeron que se la habían dado a una familia y después no me la traían. Recién la recuperé el nueve de enero. Me seguían. Yo nunca presté atención porque no tenía miedo de nada. Pensarían que me conectaría con alguien. Yo estaba simplemente desesperada y desorientada. En el hotel me habían dicho que me seguían unos Ford Falcon cuando salía. Pero yo no veía a nadie. Iba a las embajadas como me decían. Los muchachos de los juzgados de San Isidro me daban trencitos con alguna indicación. Pobrecitos, vaya acá, vaya allá, me decían arriesgándose. Un día vinieron a buscarme los milicos aunque yo no les había dado la dirección y me dijeron que ya tenían a la nena que podía ir a verla. Fue en vísperas de Reyes, yo le había comprado un juguete. Cuando la vi, le dije: Soledita, que era como la llamaban sus padres,¿me das un besito? Porque Ileana, ese mes que yo estuve, le estaba enseñando a dar un besito. No sabés lo que fue, el salto que dio. Reconoció la voz, reconoció su nombre. Uno cree que no se acuerda de nada, pero dentro de ella está todo ese daño que le hicieron, la violencia con que golpearon a su madre, la violencia con que irrumpieron en la casa, la violencia de separarla de todo, de estar quién sabe con quién, de ni siquiera darle su verdadero nombre. Ella ya decía papá y mamá. El padre como trabajaba todo el día, cuando llegaba a la casa le decía a la madre: dejame que la baño yo, si no, no se va a enterar de que tiene padre, el flaco era muy alto y la ponía en el antebrazo, le cantaba canciones y le echaba agua. Ileana le tomaba el pelo diciendo que no tenía tono, de mañana se levantaba temprano a prepararle la mema y se la llevaba a Ileana para que se la diera”.

Olga tuvo que esperar al diez de febrero para tener a su nieta. Tenía una fotocopia del DNI de Soledad, fotos y además, los vecinos atestiguaron que se trataba de su abuela. “Todo eso me ayudó”, continúa, “la jueza decía que las autoridades declaraban que los padres no estaban requeridos”. Olga podía tenerla pero no sacarla del país. “Estábamos viviendo en el altillo de una pensión. Un día fui al juzgado y había otra jueza, mi lucha en ese momento era por restituir a sus padres a Soledad, nunca pensé que alguien los hubiera matado. Me costó años convencerme. Ella me dio un papel que me daba la guarda, yo no sabía que era dentro de Buenos Aires solamente. Ahí me ayudó la ignorancia, ella me dijo ¿se anima a irse a Montevideo con Soledad? Cuando fui a comprar los pasajes el señor de la agencia me dijo, usted con esto no puede sacar a un menor del país, y yo le dije: la jueza me dijo que sí. Y él me dijo, yo no tengo inconveniente en venderle el pasaje, pero la van a hacer volver de Montevideo. Y cuando llegué acá le pasé a Soledad a mi marido por arriba de la barandita para yo ir más fácil al mostrador a hacer los trámites, y ahí salimos. No teníamos plata para un taxi y nos vinimos en ómnibus con la nena. Después cuando fui a ver al cónsul, él me dijo que lo que yo había hecho era un secuestro”. Olga volvió a Buenos Aires para hacer los trámites pero nunca más con Soledad.

Ella y su esposo habían sido blancos de Erro. Un día, sin ponerse de acuerdo, ambos se hicieron frenteamplistas. Quizá por eso entendieron que su hija luchara contra la dictadura. “Ileana tenía diecisiete años cuando conoció al Flaco. Un 25 de abril, lo conoció en el parque. Cuando vino la democracia supimos que eran del GAU. No sé si por suerte, pero no sabíamos nada. Yo veía que hacían cosas, veía a los compañeros en su casa, pero qué les iba a reprochar si estaban haciendo lo más digno. Ellos estaban siempre pensando en volver. Aunque él tenía un buen trabajo. Yo estuve con ellos todo el mes de noviembre del 77 porque Soledad cumplía seis meses y el Flaco, cumplía 25. Quise estar con ellos y me tomé las vacaciones en noviembre”. “Cuando regresé, Iliana todos los días nos escribía un poquito porque no quería que nos perdiéramos los adelantos y las gracias de Soledad. Él siempre escribía algo al final. La última carta fue el 21 de diciembre del 77.”

Cuando le hablo de su participación en Familiares me cuenta que fueron Luz Ibarburu, María Esther Gatti y Violeta Malugani las que los contactaron. La decisión de buscar juntos a los desaparecidos fue algo que Olga y su esposo tuvieron que pensar unos días. No tenían miedo por ellos, tenían miedo por lo que le pudiera suceder a Ileana y su compañero en caso de estar vivos. Sin embargo se integraron y fueron fundadores de la agrupación. Luego de recuperada la democracia recibió algo de información sobre el destino de su hija. “Adriana Chamorro, una detenida política, cuando terminó la dictadura argentina nos llamó por teléfono desde Canadá y nos dijo que había estado con Ileana en un calabozo cuatro o cinco meses hasta el 28 de junio cuando se la llevaron. Después vino a Uruguay e hicimos la denuncia ante la comisión investigadora del Parlamento. Volvió también hace un tiempo cuando pretendíamos la extradición de (ex marino Jorge) Tróccoli porque sabíamos que era el responsable de la desaparición de mi hija y mi yerno. Pero alguien lo ayudó. No sé quién”. Olga es una de los familiares que denunciaron cinco o seis traslados clandestinos a Uruguay de cerca de cuarenta uruguayos detenidos en Argentina entre 1977 y 1978 ante el juez Luis Charles. La causa tuvo como resultado la condena de Gregorio Álvarez y Juan Carlos Larcebeau. “Hubo condenados, pero Tróccoli que era el responsable directo huyó” me dice. Una investigación administrativa atribuyó la responsabilidad al ex embajador en Italia, Carlos Abín quien fue por esto separado del cargo.

Conversando sobre la situación actual, Olga afirma que “el Estado tiene que hacerse cargo. Me dio fastidio cuando Mujica dijo que no quería que esos pobres viejitos murieran presos. ¿Y de estos pobres viejitos?”, pregunta y se señala a sí misma, “que nunca le tiraron una piedra con una honda a nadie, que lo único que han hecho fue luchar por restituir la democracia y por sacarlos a ellos del aljibe donde estaban bebiendo orines, ¿no merecen la compasión de él? El gobierno tiene obligaciones con nosotros. Mi esposo murió llamando a su hija y confundiendo todo el tiempo a Soledad con Ileana. En esta casa no se dejó de nombrar un día a mi hija. Estoy sentada aquí y me parece verla entrar. Tendrían que haber tenido más respeto. El otro día, (en el Batallón 14), para mí fue horrible ver aquel cuerpito tirado boca abajo. Porque todos los que encuentren son nuestros hijos”.

Publicado en No te olvides

Derechos Humanos: El bicefalismo frenteamplista

Escribe: Adriana Cabrera Esteve*

Orhan Pamuk comienza su novela La vida nueva con una frase contundente. Dice: “Un día leí un libro, y toda mi vida cambió.” Al leerlo uno piensa en un libro fundamental, el Corán, la Biblia, El Capital, cualquiera de los grandes libros que han supuesto no sólo una explicación sino la razón de existir para el ser humano, no importa cuál fuera su contexto cultural. Igualmente contundente parece ser el encuentro de la izquierda uruguaya con el gran texto de los derechos humanos, texto construido de necesidades, reivindicaciones, resistencias y luchas a través de los siglos, que le han servido a la humanidad para construir consensos y definir rumbos pero a un costo terrible en vidas humanas.

Los frenteamplistas asumimos la relevancia de esos derechos cuando fueron violados y a partir de entonces les dimos su valor. Esa forma cruel de aprendizaje a través de las torturas, asesinatos, desapariciones, trata de vientres, hizo que las reivindicaciones en materia de derechos humanos hicieran carne entre los más afectados de forma dolorosa, con heridas que nunca terminan de cerrar. El descubrimiento y/o construcción de tratados internacionales que los resguardaran se dio sin solución de continuidad con nuestra sensibilidad anhelante de garantías para las nuevas generaciones. Por eso se naturalizaron en nuestros programas de gobierno de forma que han expresado la voluntad de todos y cada uno de los que los aprobaron en los congresos frenteamplistas. Mayor empeño supuso que los votara la ciudadanía cuando fue consultada en las elecciones nacionales, pero lo hizo en las últimas dos oportunidades.

Pero la ideología de los derechos humanos no sólo aportó sustento a la defensa de los derechos cívicos y democráticos, también aportó nuevas ideas y razón de ser a la militancia frenteamplista cuando cundía el desconcierto o allá donde las autocríticas de sus partidos eran pobres o inexistentes, luego de haber sido golpeados en sus estrategias  por las profundas derrotas de los 70 para unos y/o por los cambios en el mundo socialista luego de la glasnost y la caída del muro de Berlín en los 80, para otros.

La jerarquía del tema se demostró en repetidas oportunidades. Cuando la Comisión de Derechos Humanos del FA, en el 2006, organizó un curso en derechos humanos con un abordaje integral, se contó con la participación constante de un grupo numeroso de militantes, ávidos por la temática, que luego se comprometieron, en un segundo curso de educación popular,  a reproducir sus contenidos en el seno de los comités de base. Pero la construcción de una masa crítica sobre la temática supone el correlato desde la fuerza de gobierno de oír sus opiniones especialmente cuando votan y toman decisiones y este sigue siendo el lado flaco de las políticas participativas.

Otra muestra de interés y compromiso, fuera del Frente Amplio, fue la convocatoria que tuvieron los cursos de derechos humanos del Ministerio de Educación y Cultura, con el mismo abordaje integral, que debieran haber dado la pauta de la significación que esta temática tenía para la ciudadanía. Desde las organizaciones sociales las Marchas de los 20 de Mayo, las denuncias de delitos de lesa humanidad presentadas ante la Justicia y la convocatoria a anular la Ley de Caducidad por plebiscito fueron fuertes indicadores de la voluntad de grandes sectores populares.

 Sin embargo, y a pesar de lo sentido del tema, parecería que nuestro FA padece de una suerte de bicefalismo, que generó grandes debates internos y que lo muestra con una cabeza en los congresos programáticos, máximo órgano de decisiones frenteamplistas, y otra en las acciones de  gobierno y en las opiniones reiteradas de algunos dirigentes.

Una necesidad postergada

Por ejemplo, y para tomar un tema actual, la creación de la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH). En el Congreso “Héctor Rodríguez”, se definió: “El gobierno del EPFA impulsará la creación de una estructura institucional en el aparato del Estado, que tenga integración mixta –gubernamental y no gubernamental- que ostente la mayor autonomía, que pueda actuar en la promoción y protección de los derechos humanos, en el seguimiento de los grandes temas relativos a esos derechos y que sea capaz de generar una política nacional en la materia. Dicha institucionalidad buscaría la creación de un Sistema Nacional de Derechos Humanos.”

Llegado el momento en que el primer gobierno frenteamplista debió implementar lo que indicaba el programa, se decidió que esta no sería una de las primeras acciones de gobierno. Al asumir, el flamante gabinete ministerial firmó el proyecto de ley de urgente aprobación que crearía el Ministerio de Desarrollo Social; sin embargo, para la creación de la INDDHH se optó por hacerlo en cámara lenta. A pesar de tener mayorías parlamentarias se la sometió a una larga discusión y recién se aprobó en el año 2008 cuando ya no había tiempo de asignarle partidas presupuestales para su implementación. La instalación debió esperar a la segunda legislatura que, recién ahora, dos años después de iniciar su funcionamiento, estuvo en condiciones de discutir la plancha de cinco postulantes para su Consejo Directivo.

En el Congreso siguiente, los frenteamplistas volvieron a votar su compromiso con la INDDHH. En el capítulo destinado al Uruguay Democrático, se decía: “La creación de una estructura institucional con integración gubernamental y no gubernamental para el seguimiento de los grandes temas relativos a los derechos humanos, resulta relevante para el próximo período de gobierno…”.

Entre sus artículos, votados en 2008 con mayorías parlamentarias frenteamplistas, la Ley 18.446, establece una votación de tres quintos de la Asamblea General para la integración del Consejo Directivo de la Institución, como si no hubieran existido antes los trancazos de los partidos tradicionales para la elección de los integrantes de los organismos de contralor o para el nombramiento del Fiscal de Corte. ¿Alguien nos obligó a crear ese embudo? Llegamos al colmo, a siete años de gobierno, de tener que negociar con Pedro Bordaberry la integración del Consejo Directivo para la votación por tres quintos de defensores incuestionables de los derechos humanos, como la fiscal Mirtha Guianze.

Cabe preguntarse entonces, ¿era esto lo que querían los congresales que en 2003 votaron el programa? ¿Votamos por las eternas negociaciones partidarias por espacios y sueldos de poder o queríamos exactamente lo contrario?

Lo que resulta claro es que si lo que se pretendió fue enlentecer o diferir en el tiempo la instalación de una institución autónoma con participación de la ciudadanía, que analizara el curso de los derechos humanos en nuestro país, eso se logró. Y si el objetivo era poner paños fríos a la preocupación que existió por el tema durante el primer gobierno del FA, también se logró.

Si algo caracteriza a la militancia frenteamplista, partidizada o no, es su capacidad de análisis crítico. ¿Creemos que estas actitudes son estimulantes de la actividad militante? ¿Podemos quejarnos de la escasa participación en comités y actividades sin asumir la responsabilidad que le toca a las políticas de gobierno?

“Los hermanos sean unidos…”

Fue también desde la Comisión de Derechos Humanos del FA que se propuso a la comisión de programa los contenidos del programa para el segundo gobierno frenteamplista que en lo referente a la impunidad proponía:

“La sociedad uruguaya debe caminar hacia un estado de la verdad, donde cada actor social y político se haga responsable de sus actos y responda ante la sociedad a través de la Justicia, reafirmando la acción independiente del Poder Judicial. Ideológica y moralmente alejados de la búsqueda de venganza, porque la reconstrucción de una sociedad incluyente requiere de un amplio debate político sobre el pasado reciente… Se deberá avanzar en materia legislativa en la adecuación plena de nuestro ordenamiento jurídico a los tratados internacionales ratificados por nuestro país, convocando a la sociedad uruguaya a la anulación de la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado. Por el futuro y por la solidez del proceso de transformación de la sociedad y del Estado, debemos afrontar esta responsabilidad. Sólo así podremos cerrar las heridas aún abiertas y poner a la sociedad de cara a una convivencia tolerante, respetuosa del otro y solidaria.”

En este tema también fue notorio el bicefalismo frenteamplista. Al tiempo que el FA aportaba 150.000 dólares a la campaña por la anulación de la ley de caducidad y que sus legisladores firmaban la convocatoria de lanzamiento de la campaña desde el Paraninfo de la Universidad, los principales candidatos, aunque mencionaron a veces el tema, no lograron hacer discursos entusiastas que invitaran a su militancia a sumarse al voto de la papeleta rosada y las campañas fueron vivenciadas como escindidas por el electorado frenteamplista.

Aunque asumimos el papel regresivo de los resultados, primero del referéndum de 1989 y luego del plebiscito de 2009, cabe preguntarse, ¿si esto estaba en el programa, por qué fue necesaria la sentencia de la Corte Interamericana de DDHH para que los diferentes mecanismos de reparación en derechos humanos a las víctimas de la dictadura y también al conjunto de la sociedad se activaran?

Pero no todas son pálidas, la búsqueda de la verdad y de los restos de los desaparecidos han tenido logros importantes a pesar del silencio cómplice de los militares. Los juicios impulsados por los familiares utilizando los huecos de la Ley de Caducidad que escapaban a la impunidad, ya en 2009 tuvieron como resultado las primeras condenas de los principales responsables de delitos de lesa humanidad. Y, más cerca aún, la revocación de todos los actos administrativos con los que los gobiernos anteriores habían incluido las sucesivas denuncias de las víctimas de delitos de lesa humanidad  en la Ley de Caducidad permitió el desarchivo de múltiples causas que hoy siguen su curso. Largo fue el camino hacia el libre ejercicio de la Justicia y es imposible incluir cada uno de los pasos en este artículo. Lo que preocupa  ahora  es que habiendo hecho todas las cosas que hizo el FA en el gobierno, algunas bajo presión y otras no, haya sectores que prefieren no acumular políticamente sobre esos avances y no desarrollar un discurso estimulante para la ciudadanía que permita convencerla sobre la importancia que el tema tiene para nuestro futuro. Un discurso que habilite la construcción de una cultura basada en el respeto a los derechos humanos,  permanezca en el tiempo y se convierta en el nuevo ideario uruguayo.

Todavía estamos a tiempo.

*Escritora

 Publicado en Cuadernos de Compañero Nro.7

Ayer estuvimos en Orletti

Ayer estuvimos en el ex Centro Clandestino de Detención Automotoras Orletti, hoy convertido en museo. Fuimos para la inauguración del Mural de la Memoria realizado por los niños de la escuela lindera guiados por el artista plástico Armando Dilon. La actividad fue organizada por el Instituto Espacio para la Memoria y la Dirección de Participación Ciudadana de la Junta Comunal Nro. 10. Así se construye memoria y nunca más. Preferimos contarlo con una secuencia fotográfica. Comienza con el lugar donde habría estado Gerardo Gatti.