Constanza y el efecto mariposa

Mariposa

Uno de los cuentos de Ray Bradbury, El ruido de un trueno, se basa en el “efecto mariposa”. En un futuro incierto, un hombre viaja a la prehistoria y, sin querer, pisa una mariposa. Al volver, la situación política de su país ha cambiado. La teoría en que se basa sostiene que un pequeño cambio puede suscitar una serie de transformaciones que, en red, a la larga, suponen otras mayores. Algo así parece estar sucediendo con la presencia de Constanza en la escena política que, como la mariposa, viene motivando también varios cambios.

Por ejemplo, para los que participamos en el Congreso Programático Hugo Cores del Frente Amplio fue de conocimiento general, la voluntad de la mayoría de las fuerzas que apoyaban a Tabaré Vázquez de no establecer un compromiso en cuanto a la cantidad de dinero que se destinaría a la educación.  Sin embargo, hace pocos días, Tabaré nos sorprendió con la promesa de destinar el 6% del PBI a la educación, tal como algunos habíamos propuesto durante el Congreso.

Algo similar ocurrió con el compromiso de restablecer el Impuesto de Primaria a los grandes terratenientes, propuesta impulsada en el Congreso que también encontró resistencias. Y más recientemente, Tabaré nos sorprendió gratamente, asegurando que abatir las desigualdades sería una prioridad de su gobierno enfatizando la situación de la infancia.  En este tema también, su discurso hace propios planteos que desde la Encuesta Continua de Hogares de 2012 venimos denunciando. A pesar de todo lo que hemos mejorado, uno de cada cuatro niños se encuentra bajo la línea de pobreza y el 28% de los negros son pobres. Dos cifras que nos avergüenzan ya que hablan de fragmentación social, racismo y emergencias aún no resueltas. Cualquier hipótesis de resolver esta emergencia en 20 o 40 años sugiere que las prioridades nacionales deben repensarse.

Sin embargo, Tabaré no desconoce que para cumplir con estos compromisos el dinero tiene que salir de alguna parte. Es de esperar que salga de los subsidios que se adjudican al gran capital privado, de las exoneraciones impositivas a las zonas francas o de los 520 millones de dólares anuales que se destinan al Ministerio de Defensa para una guerra inexistente e improbable. ¿Es bueno que los candidatos del Frente Amplio  sostengan que la única guerra que hay que llevar adelante es contra  las malas condiciones de vida de la cuarta parte de los niños uruguayos? Por supuesto que sí. Y si ese es el efecto que tiene el haber propuesto a Constanza Moreira como precandidata a la Presidencia de la República tendremos que felicitarnos por el día que empezamos a masticar esta idea y la llevamos al  Congreso Hugo Cores.

Por otra parte, si recién comenzada la campaña tenemos estas sorpresas, habrá de esperar que en los meses que faltan Tabaré nos asombre proponiendo cerrar el Liceo Militar por violar el derecho de esos niños y adolescentes a una educación general adecuada, una de las propuestas perdidosas en el Congreso o cambiar el régimen jubilatorio de privilegios que ostentan los oficiales militares y que costeamos todos los uruguayos.

Pero además, el efecto no termina en los límites del Frente Amplio. Lacalle Pou habla de erradicar los asentamientos y Larrañaga de multiplicar las escuelas de tiempo completo. Falta que Pedro Bordaberry prometa el acceso a los archivos de Inteligencia Militar para que los familiares de los desaparecidos podamos conocer el destino de nuestros familiares.

Cabe agregar que para que este efecto positivo en la escena nacional se sostenga, es necesario que Constanza y las fuerzas que la apoyan tengan muchos votos, en junio y en octubre. De esto dependerá nuestra capacidad de incidir con propuestas de izquierda en los próximos años.

            Otro de los efectos está estrechamente vinculado al rol de las mujeres en la sociedad uruguaya. A pesar de que somos el 50% de la población, los gobiernos frenteamplistas han llenado la administración de hombres y no han podido encontrar un número superior al 20% de mujeres capaces para ocupar cargos de gestión cuando las estadísticas de la educación muestran que las mujeres tenemos mejor escolaridad que los hombres. La candidatura de una mujer a la Presidencia nos hace más democráticos, mejora la calidad de la ciudadanía femenina y conlleva implícita la exhortación a sus congéneres a animarse con orgullo a ser mujeres políticas.

Hace pocos días, volanteando en la feria por la lista 567, me tomé el trabajo, cuando les entregaba los volantes a mis vecinas de preguntarles si se animarían a votar a una mujer a la Presidencia. Algunas me contestaron que a ellas les gustaban los hombres en la política, no las mujeres. Deconstruir ese paradigma y las resistencias que despiertan los protagonismos femeninos en política, incluso entre sus iguales, todavía es una asignatura pendiente de nuestra sociedad. Por suerte, otras contestaron que sí, que por supuesto, que las mujeres podemos hacer cualquier cosa. Ojalá estas elecciones presidenciales nos dejen como rédito el posicionarnos al nivel de los países más avanzados en materia de igualdad de género también en el terreno político. Porque sí, las mujeres podemos hacer lo que nos propongamos, basta con que nos animemos.

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