La ilusión perfecta o la intratable realidad

En Las Ciudades Invisibles, Italo Calvino finaliza el diálogo entre los únicos dos personajes, Kublai Kan y Marco Polo con una pregunta del primero sobre si podría surgir el infierno en alguna ciudad de su imperio. Marco Polo le contesta que “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Si  tuviéramos que definir la función de un medio de comunicación nos quedaríamos sin duda, con la segunda opción: prestar atención y aprender en forma continua; buscar y saber quién y qué no es infierno; hacer que dure y dejarle espacio.

La pregunta es: ¿la fotografía ayuda a identificar qué es y qué no es infierno entre nosotros? Sin duda que sí. Sin embargo existe a veces, una defensa paranoide de lo escrito en desmedro de lo audiovisual y de los tiempos por venir. Más de una vez oímos la preocupación sobre qué hacer con la palabra escrita en tiempos de internet, de la cultura audiovisual y de la interactividad que ofrece la cibernética.  La inquietud viene ligada al futuro de los periódicos y los libros en formato papel como si fueran el recodo obligado de la educación, de la cultura y de la verdadera comunicación. Quizá sea tiempo de asumir que aquello de negro sobre blanco o la palabra sobre papel es sólo una forma de discurso y que la elaboración de textos admite diferentes dimensiones y soportes. Al mismo tiempo adherimos a la idea de que un texto es más rico cuánto más interpretaciones o significados admite y de esta forma también podemos evaluar una fotografía, de hecho la leemos, como se lee un enunciado y como una más de las dimensiones en las que la comunicación de los seres humanos es posible. También a ella la consideramos mejor cuántas más significaciones admite.

Leer  imágenes

Habría que diferenciar por cierto la imagen quieta, la fotografía, de la imagen en movimiento, el cine o el video. La fotografía ofrece una constatación/representación de la realidad, pero sólo la de un momento que unos instantes después variará aunque por ser fotografía existió como mensaje. La expresión de desesperación de una niña quemada por napalm luego de ser bombardeada su aldea, la flexión de un estudiante golpeado durante una manifestación, son fotografías que hablan, narran hechos, nos interpelan. Algunas se han convertido en íconos como la fotografía tomada por el fotógrafo cubano Alberto Díaz (Korda) del Che Guevara con su boina y la vista hacia lo lejos quizá hacia un futuro a la izquierda del que mira. Otras, como la de la niña de Vietnam tomada por Huyng Cong, recorrieron los medios de prensa mostrando los horrores de la guerra y contribuyeron a la construcción de los movimientos de oposición a la invasión de Vietnam. Las de los familiares con la foto de sus desaparecidos, denunciando su presencia y su ausencia, forman ya parte del acerbo cultural latinoamericano y se convirtieron en símbolo de la resistencia a las dictaduras del cono sur. Y hay otras. Allende flanqueado por Pinochet cuando era comandante en jefe del ejército chileno durante el gobierno de la Unidad Popular es casi una voz de alerta contra cualquier intento de ingenuidad de los gobiernos progresistas, o las de la invasión de Checoeslovaquia por parte de las tropas del Pacto de Varsovia tomadas por Josef Koudelka y publicadas en forma anónima por la Agencia Magnum, son otra alerta ante las concepciones estalinistas de acumulación del poder. Las del holocausto nos dicen a qué niveles de violencia pueden llegar seres humanos cultos y bien estructurados cuando una ideología los fanatiza. Las imágenes hablan, cuentan, recuerdan, construyen verdad y memoria. Como han hablado también de nuestro pasado reciente. Por ejemplo, las fotografías de Aurelio González recopiladas en Yo fui testigo, cuentan una de las fases más épicas de nuestra historia, las resistencias callejeras en el Montevideo de los 70.

Alguien estuvo allí

La elocuencia de la fotografía varía, como varía la elocuencia de los ensayos o de los artículos periodísticos. La fotografía connota, habla de, y puede hacerlo muy bien o no, al igual que cualquier discurso. ¿Cuándo es elocuente? Roland Barthes en su libro La cámara lúcida señala dos de sus componentes. Uno, lo que él llama el studium, consiste en la armonía general de la imagen, lo que hace que digamos, me gusta o no me gusta, pero este aspecto no sobrepasa al acontecimiento fotografiado, es lo que la fotografía puede reproducir hasta el infinito pero ha sucedido una sóla vez. De alguna manera remite a esa necesidad del niño de que las cosas vuelvan, el ta no ta, que da seguridad el bebé. Esa ficción que construye nuestra mente desde los primeros juegos infantiles. El papá se esconde pero reaparece. El niño entiende que así sucederá siempre. Construye nuestra frágil idea de equilibrio, tan frágil y tan falaz como la de que estamos de pie en el universo aunque la tierra gira, rota y se mueve constantemente. Pero hay algo más, Barthes habla de un punctum, algo que existe en la fotografía y que “arrastra al espectador fuera de su marco”, nos lleva al “punto ciego”, nos hace ver más allá de la figura, desarrollar nuestra intuición o nuestra imaginación. Para ejemplificarlo más, Barthes ubica allí la diferencia entre la fotografía pornográfica, que muestra todo, y la erótica, que sugiere más que lo que muestra. Ese sutil “más allá del campo” hace la diferencia entre las fotografías, lo que permite que nos movamos aunque no veamos el instante siguiente. Quizá por eso, a veces, entre muchas de esas imágenes subidas por los adolescentes a raudales a internet, encontramos algo que nos invita a pensar, que nos induce a pensar y no siempre lo encontramos entre los mejores fotógrafos porque como dice Barthes, “la videncia del fotógrafo no consiste en “ver” sino en encontrarse allí”. Y precisamente ese punctum que punza al que mira existe más cuando no ha sido buscado. Dicen muy poco a mis ojos por ejemplo las fotografías de Diane Arbus, empeñada en encontrar ese punctum aunque deje en ridículo al sujeto fotografiado, me hablan sí, con gran elocuencia los claroscuros de Sebastián Salgado que invitan a cada receptor a encontrar el punto que lo sacuda, que lo invite a salir del marco, que le contagie el deseo de volar mentalmente a ese mundo que nos muestra. Y allí llegamos a lo que en literatura se llama teoría de la recepción, quién escribe, quién lee y/o quién reescribe un discurso. Solemos decir que el lector, lejos de ser un receptáculo de frases y de intenciones, es un reescritor del texto según sus experiencias anteriores, sus capacidades, su sensibilidad y el tiempo en que vive. Creo que la imagen también es redirigida por quien mira y es en ese espacio donde el proceso se vuelve más rico e infinitamente resignificante, si la obra lo amerita. Pero lo que hace diferente a la fotografía de otras representaciones es el referente, ese existió. La imagen de Pinochet puede ser la de un fascista para unos, la de un traidor para otros o la de un héroe de la patria para Sebastián Piñera, por ejemplo, pero estuvo allí, delante de la cámara de fotos y marcó en sales de plata o en pixeles su presencia.

La ética siempre la ética

Sin embargo, volviendo al inicio de este artículo, y al propósito que le atribuimos a la fotografía documental, “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, este implica un pacto ético entre el editor de una publicación y el lector. El lector tiene derecho a saber si está lidiando con hechos de la realidad o con la fantasía o la manipulación de los medios de prensa. Sólo así puede resignificar, salirse del marco, adivinar lo que sucede fuera del encuadre. Si estamos ante una fotografía artística, de ahora y de siempre, los montajes de todo tipo son lícitos y es más, muy bienvenidos. Ahora, si estamos tratando con información, debe haber marcas o pie de fotos que le indiquen al receptor cuáles son los supuestos con los que se realizó esa representación, la ética en fotografía documental es respetar al que mira, de la misma forma en que se diferencia una columna de opinión de una crónica informativa. Algo importante porque como dicen, una imagen puede decir más que mil palabras.

*Publicado en Cuadernos de Compañero Nro.9

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