Eva y Lola

Participación a nombre de Hijos Uruguay en la Mesa Redonda del Festival de Cine de DDHH

21-06-12

Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles habla entre otras, de las ciudades y la memoria. Y para describir a Zaira, una de estas ciudades, dice: “Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los tejados; pero ya sé que sería como no decirte nada. La ciudad no está hecha de esto, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado…” Y más adelante continua “En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.”

Al igual que Zaira, en nuestros países hubo quienes se negaron a contar nuestro pasado pero quedaron los arañazos, las muescas, las incisiones, marcándonos y definiendo nuestras identidades. Y todavía hoy, casi 40 años después, seguimos descubriendo retazos de verdades como las líneas de nuestras manos para saber quiénes somos. La verdad ha sido el campo de tensiones entre la impunidad y la justicia. Por eso es un eterno borrador que corregimos, rehacemos, borroneamos. Nuestra verdad es eternamente porosa y sus orificios cambian de lugar, se superponen, se cierran o se abren según surgen nuevos datos. Y la memoria, el espacio resiliente de nuestros pueblos empeñados en lograr que el espejo refleje su propio rostro.

Nada nos fue regalado a la hora de reescribir nuestra historia. Sabíamos que la decisión de olvidar, algo que las víctimas hacen con frecuencia para sobrevivir, no podía ser una decisión de gobierno. En el cono sur, la negación de la justicia vino de la mano de la negación de nuestra propia existencia consciente. El relato histórico inventado por los centros de poder que marginaba al olvido y la desmemoria  años de vida de miles de latinoamericanos fue el complemento indispensable para garantizar la impunidad de los crímenes de lesa humanidad.

La deconstrucción de la cultura de impunidad no ha sido fácil y no es una tarea acabada. Fue la tenaz actitud de denuncia de víctimas, investigadores y testigos en parte como una reivindicación de sí mismos pero fundamentalmente con una fuerte apuesta a la construcción de formas mejores de democracia, lo que ha aportado en este largo proceso. A este esfuerzo colectivo suman trabajos como los de Sabrina Farji y Victoria Grigera Dupuy. Y yo diría que SUMAN con mayúscula porque problematizan el conocimiento de la verdad que es lo mejor que se puede hacer para conocerla y lo hacen haciendo honor a la frase del escritor español, José Bergamín: “si fuera objeto sería objetivo pero soy sujeto”. Sabrina nos invita a la intimidad de sus personajes con escenas de primeros planos, muchos de ellos de detalles. Y es desde un entramado de subjetividades que construyen nuevos saberes colectivos. En ese sentido lo primero que nos gustaría resaltar de Eva y Lola, la película de Sabrina Farji, es su adherencia valiente y sensible a la realidad de los hijos de detenidos desaparecidos.

Cuando digo sensible, lo digo porque admite la identificación con la problemática, tanto para los hijos recuperados como para los otros, los que pudimos convivir con nuestro padre o madre desaparecidos como los que no llegaron a conocerlo o recordarlo pero que siempre conocieron su identidad. El proceso de identificación se da en las grandes y pequeñas cosas y cuando no toca a unos toca a otros:

Eva siempre “llega tarde”. Acá corresponde una confesión pública, nuestras reuniones se caracterizan por esa flexibilidad temporal que sólo entre nosotros respetamos sin alterarnos. De alguna manera, parecemos estar peleados con el tiempo, la más fatal e intransigente de las variables existenciales. O quizá debiera decir que somos amigos del tiempo.

La tristeza, sólo alterada por alguna sonrisa casi siempre rodeada de conversaciones sarcásticas y muy pocas veces por la carcajada. Pero en convivencia con la búsqueda o el esfuerzo por salir de ese enredo, no dejándolo sino desenredándolo.

La difícil exploración de la estabilidad emocional esa que debe compensarnos de todas las ausencias y es quizá, en algunas ocasiones, mucho pedir, en otras, el intento de un núcleo familiar verdadero en compensación por los núcleos familiares mentirosos de los apropiadores. “Sos de verdad” dice una de las personajes a su pareja.

La elaboración sobre la dicotomía verdad/mentira, algo con lo que otros conviven sin alterarse y para nosotros supone una elaboración profunda quizá porque es la mentira la que ha horadado parte de nuestras vidas. A veces no exactamente la mentira pero sí una colección de silencios, o de medias verdades o de eufemismos: proceso por dictadura, educación por apropiación, trasládese para destino final por asesínese y desaparézcase.

Es esta dicotomía lo que en la película aparece como el eje central del dilema: la línea divisoria, y es esa cuerda floja en la que los personajes son un poco acróbatas y en la que viven con equilibrios frágiles. Los recursos estéticos sugieren la asunción de la verdad como un nuevo nacimiento. En el lenguaje visual, los planos negros, espacios oscuros con una puerta/abertura al fondo, casi un símil del canal de parto. En la trama, el contexto de un año que termina y otro que comienza. En la banda musical, los sonidos monotónicos del piano. También recursos de la narrativa infantil como el baúl donde se esconden los objetos perdidos, el tren mecánico que no va a ninguna parte en una noria permanente, un círculo cerrado con el que debe de romper el personaje.

 El sentimiento de hermandad que Sabrina elije mostrar mediante  imágenes en espejo o en embrión de gemelares, también refleja nuestras sensibilidades. La empatía con los que han vivido situaciones similares.

Pero también una adherencia a la realidad en otros aspectos. La oposición entre la casa de los apropiadores, pulcritud militar, superficies vacías vs la casa de Eva, con el desorden de la vida. Las telas de colores. La frivolidad de la apropiadora. Los bonos, esa forma extraña de reparación económica y sin embargo las implicancias en el duelo por la desaparición de su padre que necesariamente debe hacer Eva, o quizá no. El contexto de lucha: las abuelas, Eva trabaja con ellas. La reivindicación del derecho a la identidad.

Por último sólo resta felicitarlas a ellas y a su equipo.

Muchas gracias

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