Trabajar en Casavalle

Mónica y Susana, llevan una planilla con los nombres de los usuarios a visitar ese día. Un auto y un chofer que les asigna la IM las espera en la puerta de la policlínica. Una es pediatra;  la otra, enfermera. El asistente social que integra habitualmente el equipo destinado al Plan Aduana nos cede el lugar para que podamos acompañar la recorrida.  Los destinatarios: niños cuyas madres no los llevaron a la consulta para controlar su desarrollo y crecimiento.  El equipo de salud conoce cada dirección. En la mayoría de los casos se trata de reincidentes. Madres adolescentes sin trabajo, a veces, tratando de dejar alguna adicción; otras ejercen la prostitución; otras viven de subarrendar su rancho a expresos recientemente liberados hasta que encuentran un lugar donde estar. Todas justifican la no concurrencia a la policlínica de alguna manera. La razón está a la vista. Cargan sobre sus hombros problemas de los que muchas veces no son conscientes y que las desbordan.

 Vengan con botas, nos habían dicho, y con razón. Caminamos sobre un barro donde se mezclan las heces de los animales, las excretas de la población, el agua, la basura, el frío en invierno, las moscas en verano. Nos rodea la luz matinal de un miércoles. El ladrido de los perros alerta cada vez que llegamos a uno de los ranchos. No todos son iguales. Algunos son casas levantadas a pulmón por algún integrante de la familia; otros, ranchos construidos por la ONG “Un techo para mi país”. Consisten en una pieza de madera con techo de zinc que no pueden calefaccionar con fuego  y donde tampoco pueden cocinar a riesgo de incendiarlo, sin embargo, son envidiados. ¿La razón? Están construidos a medio metro del suelo y por eso, quienes los habitan pueden dormir secos.  No por mucho tiempo porque el deterioro es rápido. Los otros ranchos son los mismos que describía el cancionero popular en los 70. A veces una alfombra húmeda los aísla del suelo. Un tacho donde hacen sus necesidades avergüenza a una de las mamás que nos pide disculpas por no haberlo sacado antes. La verdad es que esa realidad nos avergüenza a todos.

Según la Unidad Estadística de la Intendencia de Montevideo en Casavalle vive el 70% de las personas y el 58% de los hogares son pobres.

“Hay que ver lo qué es esto”, nos había comentado la coordinadora de la Policlínica, “la realidad es de indigencia máxima”. “Para esta gente que es el germen del futuro, no hay ningún futuro. Es la 7ª generación que nace en estas condiciones. Tenemos dificultades para que se comprendan las indicaciones médicas. A veces no saben leer las recetas. Cuando referimos un paciente a un especialista muchas veces no va. Lo mismo sucede con los análisis. No tienen idea de qué es el FONASA ni de cuáles son sus derechos”. El personal reclama apoyo pero no quiere irse de ahí. No son conformistas,  quieren intervenir, la situación de emergencia los compromete. Nos cuentan que no tienen tiempo para problemas interpersonales, lo que ocurre  fuera de esas paredes  “es más fuerte”. “Vine hace treinta años y no me quise ir más”, nos cuenta Mónica.

Según la Lic. Alicia Guerra, Directora Regional para  la Región Este de la División de Salud de la IM, hay voluntad de servicio, “es un grupo resiliente. Siempre sacan fuerzas para seguir proponiendo cosas. Frente a todo esto siguen buscando distintas estrategias para poder aplicar los programas. Hay que trabajar y ver cómo lo que cada equipo puede y hace encaja en el Programa de la Niñez y la Adolescencia”.

Susana por su parte, ha impulsado la conformación de un grupo de adultos mayores. No hablan de enfermedades, es “para divertirnos”, nos cuenta porque construir espacios de alegría también es un abordaje terapéutico. Algunos forman también un coro que actúa en diferentes escenarios,  desde el atrio de la Intendencia  a la sala de espera de centros de salud de ASSE. Al principio hablaban de los robos. “Es gente con muchos años acá, cuando todo el mundo laburaba”. Coordinan actividades con los maestros. Recorren las escuelas  y cuentan cómo era el barrio cuando ellos aún eran jóvenes. Trabajan con niños de quintos y sextos años. Ella misma fue a Catastro para solicitar los padrones viejos del lugar. Entre todos intentan reconstruir la memoria de la zona.  Allí se encuentra la que fuera la casa de Leandro Gómez, nos cuentan, “decían que había fantasmas”. La verdad fue el relato que uno de los vecinos llevó a esas reuniones escolares. La casa era usada para jugar al “chebelé” y como era clandestino corrían esos rumores para que la gente no se acercara. Verdad o no, construye la identidad de los lugareños. Hay también un círculo de lectura. Los adultos les leen a los niños y luego teatralizan las lecturas. Mario Delgado Aparaín y Eduardo Galeano son algunos de los escritores que los visitaron cuando interpretaban sus obras. “Con lo del dengue también se entusiasmaron.  Hicimos un CD”, sigue contando Susana. Han ido a Carrasco para participar en un campeonato de tejo y a las charlas que hacen los bomberos sobre el cuidado con las estufas.  Consiguen boletos para paseos a diferentes balnearios que deben sortear porque ya “son 114. No caben acá. Vienen en 4 grupos”.

El Programa  Aduana, forma parte de su agenda semanal. Se creó en 1971 y comenzó a funcionar en el 74. Se trataba del seguimiento de los recién nacidos luego del alta hospitalaria. El acompañamiento de la lactancia, los cuidados del cordón umbilical, el control de peso, el plan de vacunaciones o la orientación a la puérpera eran parte de las tareas del personal de las unidades periféricas. A ellas llegaba la lista de recién nacidos en los hospitales Pedro Visca y Pereira Rossell. El programa se fue potenciando a través de los años y en el último quinquenio, definido el énfasis en la salud materno infantil se prolongó hasta los tres años del niño. Es también la oportunidad para detectar otras carencias, no sólo de los servicios de salud sino del conjunto de la sociedad. Actualmente, desde allí, se intenta un relevamiento de necesidades insatisfechas y se piensan las estrategias para darles respuesta. Vivienda, saneamiento, agua corriente y caminería surgen como los más relevantes en la zona. Ya hace algunas décadas que el estudio sobre los determinantes de la salud demostró como más importantes a los hábitos y el medioambiente en desmedro de la calidad de los servicios hospitalarios y el capital biogenético de la población. Esta teoría ha sido desarrollada y profundizada pero siempre resultan relevantes los determinantes sociales como la inequidad, la justicia social y el sistema de producción. De esto resulta que si no se aseguran esos cuatro elementos básicos no importa cuántos efectores de salud haya, se seguirá sobrevolando el problema y acumulando frustraciones. No es necesario un estudio epidemiológico para adivinar la prevalencia de patologías hídricas como las parasitosis vinculadas también a la falta de higiene en viviendas carentes de cocina y de baño.

“Cuenca Casavalle tiene un proyecto de ordenamiento territorial. En él coincidimos. Hay un diagnóstico municipal, departamental y nacional” nos cuenta Alicia. Ella integra la comisión temática de salud y medio ambiente del Consejo de la Cuenca Casavalle, órgano interinstitucional que debía poner en práctica el Plan Integral “Casavalle también es Montevideo”.  Participan acá todas las instituciones involucradas. “No faltan agentes en la zona”, nos cuentan, “no es que la labor no sea esforzada pero los resultados son magros”.

Un proyecto llamado “Casavalle” se elaboró desde la Facultad de Arquitectura, tiene por autores a docentes de esa facultad y resultó ganador del  “Primer Concurso Internacional de Proyectos de Desarrollo Urbano y Social en Asentamientos Informales”  de la Corporación Andina de Fomento consistente en asesoramiento y diez mil dólares. El proyecto fue presentado desde la Intendencia de Montevideo, por un equipo conformado por los asesores técnicos de la IM, sus autores, Alvaro Trillo, Jimena Abrahan y Javier Vidal y la alcaldesa Sandra Nedov entre otras autoridades. El mismo tendría como inversionista a la misma IM, un costo de diez millones de dólares y estaría dirigido a quince mil habitantes. Sus objetivos son la  formación, capacitación, empleo y mejoramiento del hábitat lo que está en sintonía con el Plan Integral Casavalle que se propone un “cambio de rumbo en el desarrollo de la zona”. La idea es la construcción de un parque productivo, la recuperación de un bosque nativo, un sector para uso agrícola y el cultivo de flores y plantas con destino al ornato público. Habría también espacios públicos con plazas, recorridos y canchas de deportes.

Lo que resulta claro recorriendo esas calles es que los tiempos de sus habitantes no son los tiempos del Estado. Para ellos la vida pasa día a día, semana a semana, año a año. Concentrarse en buscar soluciones a la pobreza resulta urgente si no queremos que se pierdan más generaciones.

(Publicado en Voces)

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