Literatura y adolescencia

Exposición brindada en el CICLO DE CONFERENCIAS sobre literatura infantil- juvenil, 2009, que coordina: Malí Guzmán en el marco del programa “Cuento con la biblioteca”

22 de setiembre de 2009

Biblioteca Nacional

Leo las preguntas que nos formularon  los organizadores al invitarnos a participar en esta mesa redonda y la primera imagen que viene a mi cabeza es la de las actitudes de mis hijos. La forma en que se hicieron adictos a la lectura, en qué se diferencian entre ellos y en qué se diferencian de mí, a su edad.

Me veo a mí misma, cuando tenía “la carne firme y un sueño en la piel”,  por parafrasear a Joan Manuel Serrat. Me recuerdo mirando la biblioteca de mis padres, tratando de dejar atrás al “Conejo Vanidoso” o “La Sirenita”, a “Mujercitas” o “Las Aventuras de Tom Sawyer” y pidiendo leer lo que leían los adultos. Recuerdo a mi madre aconsejándome empezar con Horacio Quiroga, a veces Cortazar siempre con esa cautela tan propia de nosotros,  los padres.  Pero la verdad es que mis hijas menores, adolescentes de 13 y 15 años, casi no me piden consejo. Y cuando me lo piden, difícilmente lo tengan en cuenta. Una de ellas, devoradora de los libros de Roy, de Magdalena, de Helen, de Ignacio Martinez,  un día me pidió leer “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago. Me negué con la misma cautela protectora de mi madre. Antes de que me diera cuenta ya estaba en su mesa de luz y sus páginas recorrían la mente de mi hija que no hacía mucho había dejado la túnica y la moña.

¿Qué hacemos en esos casos? ¿Prohibimos? ¿Aconsejamos? No siempre nos da resultado. Cuando me pidió leer “Delirio” de Laura Restrepo, me apresuré a regalarlo.

Esa avidez de nuestros jóvenes por conocer el mundo adulto nos interpela. Como también creo que nos interpelan a los escritores algunos booms literarios de las últimas décadas.

La saga de Harry Potter nos dio vuelta  muchos preconceptos. El primero: la longitud del texto. Lo de que los jóvenes de ahora no leían libros largos. Los vimos consumiendo como sedientos libros de  400 páginas en pocos días.

El segundo preconcepto: el de la temática. Además de magia en la saga, existen conflictos del mundo adulto. El poder, la avaricia, los sistemas de toma de decisiones de la sociedad eran presentados ante los jóvenes a los que no solo les interesaba el desenlace de los conflictos del mundo adolescente sino que les importaba saber también qué sucedía con esos seres que desaparecían para no volver, bajo el hechizo del avadakedabra.  Los vimos repudiar  la tortura que se producía con el hechizo cruciatus. Y el maltrato o la represión escolar en la figura de personajes como Umbridge.  Odiar el rol de la prensa amarilla en la figura de Skeeter.

Todavía no se habían apagado los ecos interpelantes de Rowling cuando nos  llega Stephenie Meyer con su guerra entre vampiros y hombres lobos. Y otra vez, vemos a nuestros jóvenes devorar cuatrocientas páginas en pocos días, postergar la televisión, el chat, la música y hasta las amigas. Y además pedir que les compremos el siguiente  y el siguiente. Por nuestra casa pasan aquellas amigas fanáticas del futbol, que no se caracterizan por prestar atención a ningún tipo de lectura, pero que en este caso prometen leerlo en una semana y cumplen.

A todo esto hay que sumarle:

El reguetón, la cumbia villera, el rock y todos esos cursos rápidos de educación sexual que reciben nuestros hijos en cada baile.

Internet y la navegación libre por páginas de todo tipo.

Y la ya vieja televisión, que informa para un mundo sin edad sobre conflictos armados,  confrontaciones electorales, proyectos de país, pero también, vende una violencia desmedida, que cuando no es suficiente, se convierte en accidentes de tránsito, con desenlaces dramáticos. Después de los informativos, descansamos con enlatados importados y muy poca, casi nada, producción nacional.

A esta altura, la túnica, aquel signo de igualdad e inocencia, aquella, autografiada, que desde fin de curso colgaba de la percha, rápidamente se convierte en una antigüedad. Eso, si ya no lo había hecho antes, cuando los informativos mostraban el derrumbarse de las torres gemelas y nuestros niños de 8 años lo comparaban con los bombardeos en Bagdad. O cuando queríamos que se acostaran temprano para ir a la escuela al otro día, y nos insistían con ver “Montecristo”, porque si se lo perdían se sentían excluidos al no tener de qué hablar con sus compañeros en el recreo.

Y  nos preguntaban, con la lógica precisa de la infancia y exigían de nosotros respuestas que no subestimaran ni su inteligencia ni su sensibilidad.

En resumen, nuestra cautela protectora se ve fuertemente cuestionada y asumimos que hablar sin empachos de nuestro mundo, que también es el de ellos, resulta la única salida. Para que ellos, los adolescentes,  sean un poco menos “la otredad” y podamos sentirlos y que nos sientan, un poco  como “Nos-otros”.

Acudimos entonces a ese diálogo horizontal (en el concepto de Paulo Freire), que nos permita conocer desde su mirada nuestro entorno en zonas a las que de otra forma no podríamos acceder.

¿Y qué es lo que vemos?

Como a pesar de recurrir a la literatura como práctica de libertad no puedo dejar de ser una mujer racionalista, recurrí para responder, a un trabajo de sistematización de las percepciones de los adolescentes, de entre 13 y 18 años, realizado en el marco del ENIA, Estrategia Nacional para la Infancia y la Adolescencia, entre  2003 y  2008.

De este estudio surgen varios datos interesantes sobre la adolescencia. El más importante, su invisibilidad ya que hay poco material de investigación. También:

Que nuestros adolescentes se sienten más expuestos en materia de seguridad cuanto más lejos están de sus hogares.

Que sobre este tema se forman opinión más a partir de los medios y por la familia que de sus experiencias personales.

Una valoración positiva de la familia no sin dejar de asumir que la familia es también un espacio de conflicto.

La ausencia de modelos que se expresa en que no hay nadie a quien quieran parecerse.

El rol de la madre como la persona a quien más recurrir, seguido por el rol paterno.

Las miradas de género más conservadoras de lo esperado.

El aburrimiento y el contexto como causal percibida de deserción escolar.

Pero lo que más me sorprendió es no ver en la lista de actividades de tiempo libre, la lectura como disfrute.

La reunión con amigos aparece con un 27.2% de opiniones a favor. Los bailes con un 13.2%. Los deportes con un 9.7 %. Quedarse en casa con un 6.9 %. Estudiar un 5 %. La TV, 4.5%. Ir al centro 2.5%. Etc.

Ante la pregunta ¿qué hiciste el fin de semana?, la situación no mejora, salvo que voluntaristamente incluyamos la literatura  en el rubro “otros” que alcanza un 6.4%.

En resumen, ante las preguntas de los organizadores:

La lectura en la adolescencia: ¿es un problema? ¿Un desafío? Quiénes fueron buenos lectores en la infancia ¿abandonan los libros en la adolescencia?, o por el contrario ¿es en la adolescencia donde se descubren autores, obras y géneros que nos acompañarán toda la vida? ¿Hay nuevas formas de lectura? Decidí que no tengo respuestas.

Sólo puedo compartir  mi admiración por una apreciación de Julio Cortazar, realizada durante una conferencia sobre “Realidad y literatura en América Latina” y publicada por Cuadernos de Marcha en 1981:

“Siempre he pensado que la literatura no nació para dar respuestas, tarea que constituye la finalidad específica de la ciencia y la filosofía sino más bien para hacer preguntas, para inquietar, para abrir la inteligencia y la sensibilidad a nuevas perspectivas de lo real. Pero toda pregunta de ese tipo es siempre más que una pregunta, está probando una carencia, una ansiedad de llenar un hueco intelectual o psicológico, y hay muchas veces en que el hecho de encontrar una respuesta es menos importante que el haber sido capaz de vivir así la pregunta, de avanzar ansiosamente por las pistas que tienden a abrirse en nosotros”.

Eximida así de la responsabilidad de  responder puedo exponer con humildad lo que para mí son algunas “pistas”, para usar las palabras de Cortazar,  que se abren ante nosotros.

Algunas surgen del mismo estudio antes mencionado que al finalizar sintetiza en algunas frases entrecomilladas, lo que los adolescentes demandan de los adultos. Nos dicen:

“Que no discrimine menores ni se haga el grande”

“Que se ponga en su lugar y lo comprenda”

“Que lo escuche y aprenda de lo que pide. Que se interese por lo que lo motiva y lo comparta con él”

“Que no se impongan mucho. Que lo dejen expresarse y no le digan “callate”

“Que se junte más con nosotros”

“Que se acuerde cuando él fue adolescente”

“Que no se queden en los tiempos de ellos, las cosas cambian, que no sean antiguos ya sea en la forma de pensar o en la forma de comportarse”

“Que no nos cuestionaran, que pensaran como nosotros en determinadas situaciones, que fuera simpático, amable y supiera entender nuestros problemas y pudiera aconsejarnos”

Pero también, quisiera agregar algunas pistas que surgen de mi propia exploración en la literatura con jóvenes.

Creo que como en otros aspectos de la vida, logramos una mejor comunicación cuando disfrutamos, en este caso, de la experiencia creadora. Esa taquicardia que acompaña los momentos claves de la narración. El  asustarse con el personaje ante los desafíos que se le presentan. Cuando  vacilamos,  tal como imaginaba  Jorge Luis Borges en su cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”; y construimos  su deambular en el laberinto de la arquitectura literaria, de opciones sucesivas, que lo condicionan y nos determinan un desenlace, que no es más que otra elección. No un destino. Y que muchas veces no es el que, nosotros escritores, previmos.

También, otra pista, la responsabilidad ante lo escrito. Como decía Horacio en su epístola a los Pisones: “la palabra que se ha soltado no sabe volver atrás”.  La palabra tiene un rol fundante. Construye una nueva realidad que interactúa con otras y comienza a formar parte del tejido de circunstancias  con las que convivimos.  Por eso es bueno, para mí, dudar no sólo antes de hablar, también antes de escribir y fundar esas nuevas realidades.

Y la pista  más importante,  respetar en nuestros jóvenes sus propias opciones, sus propias preguntas, sus propios lenguajes simbólicos. No sólo los lenguajes de la música o la plástica, también aprender a leer el lenguaje de sus ropas, sus cortes de pelo, su maquillaje. Ofrecer, entonces, la literatura solo como uno más.  Convidando con un Orwell o un Berocay, un Bradbury o un Baraibar. Esperando  solamente que disfruten  la aventura de reconstruir y recrear lo escrito a su antojo, dando rienda suelta a la libertad de interpretar y refundar nuestra palabra, tantas veces como su imaginación lo permita.

Y quizá así, en uno de esos libros que ofrecemos,  descubran que esa infinita cantidad de relecturas es lo mágico y liberador de una obra artística, y deseen repetir la experiencia.

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