CONFUSIONES Y DISCURSOS

 

Publicado en La República, 6 de julio de 2009 

En estos días todos hemos escuchado infinidad de discursos. Este fenómeno preelectoral, que a veces resulta agotador,  es también educador y formador de opinión de la ciudadanía. Sin embargo cuando los discursos se presentan como muy contradictorios con las prácticas  por lo menos se nos prenden unas cuantas luces de alerta. La interpretación más ingenua, de algunos de ellos,  podría ser que estamos ante un cambio cultural; la  más suspicaz,  que se trata de simple demagogia, y entre los que obedecen a un cambio cultural y los que son solo demagogia tenemos una gran gama de tonalidades que muchas veces confunden a la mayoría de los uruguayos. A los que actuamos en política quizá no nos confunden pero nos dejan pensando.

Es probable que sea  esa especie de ambigüedad o terreno de imprecisiones  lo que justifica  la baja participación en la elección interna, o  los porcentajes de votos en blanco y anulados. Lo que los politólogos calificaron como una manifestación  de enojo de  parte de la población. Es también lo que hace que una buena cantidad de uruguayos  sienta  que la política no es lo de ellos. Que no la entiendan.

El ejemplo más fuerte lo da Pedro. “No somos de izquierda ni de derecha, somos uruguayos”, versaba la publicidad de Bordaberry en MSN. Basta ver en qué sectores reúne sus principales apoyos  para no creerle. Si a esto agregamos que ya hace tiempo dejó de lado su apellido, creo que sin duda estamos ante un caso de discurso travestido.  

Similares declaraciones, en cuanto a no ser ni de derecha ni de izquierda, las hizo Lacalle. Pero no sólo el discurso, también el manejo de lo simbólico. En este espacio Pepe Mujica expresa, sin poses, a los sectores más populares por la simple razón de que vive  como tal. También en el plano simbólico, Mujica da una imagen de  sabiduría, no por el saber que proviene de la academia sino del que se admiraba en las antiguas comunidades. El que emanaba esa suerte de respetabilidad por  los años bien vividos.

Competir con eso no es fácil pero Lacalle lo intentó. El día de las elecciones vimos al candidato blanco recorrer lugares de votación con su bastón a cuestas, la mayor parte del tiempo en el aire, comprando bizcochos,  “para la barra”, faltó decir, y preocupándose por la falta de calefacción de los clubes más humildes. El frío de los  más humildes no fue precisamente lo que le preocupó cuando instaló en sus primeros tres meses de gobierno el paquete de leyes neoliberales que jaqueaban los bolsillos de las familias trabajadoras. El  impuesto a los sueldos, la flexibilización laboral, el achique del Estado, la no convocatoria a los consejos de salarios, los precios y los salarios librados a las leyes de la competencia, y luego, la compra de bancos fundidos para proteger no a los pobres sino a sus amigos. Todo eso está bien guardado en la memoria de los que éramos adultos en esos años.

En los partidos tradicionales se montan confusiones desde la publicidad, los que son de derecha se visten de centro y se monta un gran escenario de unidad y abrazos correligionarios.

Con otros contenidos y alcances, en el Frente Amplio,  existen  confusiones sin  motivos  publicitarios pero que sí adquieren dimensión pública.  Es así que la mayoría quedamos sorprendidos cuando el 28 de junio, luego de que  Marcos Carámbula se acercara con sonrisa fraternal a saludar al futuro presidente de los uruguayos,  Astori por el contrario, enviaba  una carta en la que parecía obviar el hecho más importante de la noche: que había perdido las elecciones internas. Y aquí  comienza  el  gran desconcierto para los frenteamplistas cuando  el sector minoritario hace un discurso y se comporta como si fuera un sector mayoritario.

En la misiva, presentada por Fernando Lorenzo ante conferencia de prensa,  Astori afirma algunas cosas que también hay que leer entre líneas. “Nos necesitamos, no solo para sumar visiones, esfuerzos, fuerzas, sino para algo más importante…”. También, “Para poder realizar este aporte existen diversos caminos, pero hay un punto de partida fundamental que es el respeto a todos los ciudadanos, a nuestro pueblo frenteamplista, pero también a nuestros votantes. Nadie es dueño de los votos…”. Y por último  propone iniciar “conversaciones para definir y acordar los aspectos programáticos y políticos hacia las elecciones y para encarar un nuevo gobierno progresista”.

Cuando el compañero de Asamblea Uruguay (A.U.)  quedó en tercer lugar en la votación de candidatos presidenciables del Frente Amplio durante el último congreso, se criticó el ámbito de decisión,  les pareció que ése era un ámbito donde primaban los aparatos partidarios ignorando el hecho de que A.U. también es un partido político o sea un “aparato”. Ahora, las  elecciones internas abiertas, el máximo órgano para elegir a un candidato a la Presidencia, parece  no ser suficiente a la hora de reconocer la victoria de José Mujica. Se ignora el hecho de que el candidato electo puede elegir otro vicepresidente que no ponga condiciones  y que no se abrogue el derecho a exigir la rediscusión de temas programáticos que fueron  exhaustivamente discutidos por todos los frenteamplistas, en los comités de base, las comisiones y subcomisiones de programa, el congreso y el plenario, en forma participativa y jerarquizada. Parece ser que luego de hacer históricamente un discurso que postula la democracia y el libre juego de minorías y mayorías a través del voto, no se toma en cuenta el más importante de los capítulos de la democracia representativa: respetar la voluntad mayoritaria, que por segunda vez, en otro ámbito, elije a Mujica como candidato a la presidencia.

La democracia es asumir la diversidad de discursos, sin duda, pero es, fundamentalmente, respetar la voluntad de la mayoría. Cualquier solución que suponga otra cosa cae en un grave error.  Y cualquier solución que suponga que las bases frenteamplistas y los miles de votantes son los que se equivocan porque no saben o no comprenden, es un acto de soberbia de la mal llamada erudición que tendrá luego un costo en compromiso, en votos y en adhesión a nuestro programa de cambios.

Amenazar con llevarse la pelota para la casa cuando ni el público ni el juez le da la razón, ni en los campitos de futbol es bien visto. Y pretender tener las prerrogativas del vencedor por esos métodos es  antipático, en el campito y en todas partes.

 

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