ADIOS NONINO

Foto con mi padre

Foto de Juan Angel Urruzola

Artículo publicado en La República el 5 de abril de 2009

Cada vez que escucho  Adiós Nonino de Piazzolla  me  pregunto cómo se le dice adiós a un padre desaparecido. El réquiem, los obituarios, todos esos rituales que el ser humano ha creado para expresar su más íntima necesidad de despedir a las personas queridas, no  parecen  funcionar cuando se trata de un desaparecido.

“Dicen que no están muertos” y sin embargo lo están. No están vivos, y  sin embargo, también lo están.

Están en ese lugar, suspendidos en el tiempo donde las despedidas no existen.

El 5 de abril se cumplen treinta y tres años del secuestro de mi padre, Ary Cabrera Prates. Número emblemático para  él, si lo hay. En comparación con otros hijos de desaparecidos,  fui  afortunada. Lo conocí. Fue mi amigo. Tengo en la memoria pequeños y grandes recuerdos.  Cuando me hacía trencitas para ir a la escuela. Durante las visitas en el cuartel de San Ramón luego de haber sido detenido en la escuela de Villa García, durante una reunión clandestina del gremio de bancarios, en la década de los ´60. Trayéndome mandarinas para alimentar mi embarazo adolescente durante la Huelga General. O de  los múltiples encuentros en plazas y boliches en la ciudad de Buenos Aires.

En un boliche, precisamente nos vimos pocos días antes de su detención. Mi hijo, entonces de dos años, tuvo allí  el último encuentro con su abuelo. Yo también, pero no lo sabíamos. Luego, nos acompañó a la parada. Un ómnibus, una silueta que se aleja, una última sonrisa.

Ese debió haber sido el adiós. Pero no lo fue. Como nos pasa a la mayoría de los familiares de detenidos desaparecidos, ellos vuelven en nuestros sueños y allí queremos retenerlos. Aunque sea.

Ese adiós  queda siempre trunco. No porque sí.

Los seres humanos vivimos en diálogo con los otros. Cuando un ser querido tiene frío, lo abrigamos, cuando tiene hambre, lo alimentamos, cuando enferma lo cuidamos, cuando muere lo enterramos, cuando es víctima de un crimen reclamamos que se haga justicia.   Así ha sido desde los primeros núcleos humanos. Y para todo eso nos organizamos como colectivo. Como sociedad nos ayudamos para procurarnos el alimento, la salud, y también para construir las instituciones que aseguren el libre desempeño de la justicia.

Esa es la parte que faltó durante estas tres últimas décadas. Primero por la dictadura, luego por la Ley de la Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, luego con el resultado del referéndum para derogar la ley, y luego,  lo más duro quizá, la cultura de impunidad que se  instaló  entre nosotros y que no nos permitía encarar con dignidad los problemas que emanaban de nuestra historia reciente.

En ese marco, los familiares, las organizaciones sociales y los partidos políticos que seguíamos hablando de verdad y justicia pasamos a ser presencias incómodas en nuestra sociedad. De acuerdo a las leyes de la política, a los partidos y las organizaciones se las podía estigmatizar para sacarlas del ruedo, pero a los familiares…  Era difícil.  Con qué argumentos.

Sin embargo, en la construcción de la verdad histórica, se crea una sinergia propia. Hecha de los protagonistas, de los testigos, de los que investigaron, de los que denunciaron, de los que apoyaron y dieron aliento,  a lo largo de décadas.

Hace poco me tocó escuchar a un par de viejas vecinas de El Tropezón, en la ciudad de Buenos Aires, lugar donde vivía mi padre, la forma en que había sido secuestrado. En medio de la noche, con un gran operativo militar, sacado a rastras de su casa luego de resistir tres o cuatro horas. Más vívida, reconocí  la misma versión que me había llegado poco después de los hechos, y que había sido brindada por un compañero anónimo, que había corrido el riesgo de preguntar entre los vecinos, en medio de la represión del ´76 y hasta se había animado a tomar fotos de la casa. Los impactos de bala en las paredes, el portón roto. Señas de la violencia de esa noche. Ahora que es más fácil hablar, es necesario reivindicar el papel de esos, los compañeros que se jugaban el pellejo para saber qué pasaba. Los que apoyaron a los familiares y les dijeron con quién hablar cuando viajaban a Buenos Aires. Y también, a los familiares, como Luz Ibarburu,  Violeta Malugani, o María Esther Gatti de Islas que recorrieron los lugares de represión buscando a sus hijos.  Buscándolos a todos. También a las denuncias que se presentaron en el exilio,  elaborando  dossiers  y llevándolos a diferentes organismos internacionales con la esperanza, entonces, de encontrarlos vivos. Con compañeras como Tota Quinteros, Marta Casal de Gatti, Ignacio Errandonea, estuvimos en esas lides. Con una verdad inacabada por supuesto, como todas las verdades, perfectible.

Hoy, 33 años después,  tenemos la primera condena a los mandos militares por la desaparición de 28 uruguayos detenidos en Argentina, entre ellos  mi padre. Hombres y mujeres que habían sido detenidos, torturados, robado sus hijos, y trasladados a Uruguay para ser asesinados. Es un hecho histórico que abre por primera vez la posibilidad de que esta sociedad pueda mirarse al espejo, reconocerse tal cual es,  sin indignidades. Y  fundamentalmente, pueda  mirar a sus hijos, las nuevas generaciones sin la vergüenza de heredarles heridas abiertas que no supo curar.

Fue difícil que se entendiera el papel que juega la justicia en todo esto, única garantía de no repetición de los crímenes. Desde las posiciones de los familiares que habían arriado la  bandera de la justicia por considerarla una utopía inviable, a los que pensaban que presentar denuncias utilizando los agujeros que proporcionaba  la Ley de Caducidad era una forma de aceptarla. Pero lo hicimos. Presentamos denuncias en Uruguay y en Argentina que hoy siguen su curso.

También,  progresivamente va siendo comprendida por todos,  la importancia de una campaña de recolección de firmas por la nulidad de la ley de caducidad que permita que se reabran las causas archivadas en el marco de la impunidad. Un numeroso grupo de familiares  hemos trabajado desde la primera convocatoria en el impulso de ésta  iniciativa,  junto a  las otras organizaciones de la Coordinadora y  ya estamos casi en el número de firmas  suficiente para garantizar la consulta popular.

Hoy, 33 años después del secuestro, por primera vez  podemos albergar  la esperanza de que quizá… quizá ahora estemos a la altura de lo que  el sacrificio de nuestros  desaparecidos merece.  Memoria, verdad, justicia y NUNCA MÁS.

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